miércoles, 18 de marzo de 2015

Bienvenidos al Curso de Planificación y Diseño I | 2015, de la UMSA

Amigos, les damos la bienvenida y esperamos sea un gran año de integración, aprendizaje, ideas, reflexiones y proyectos.

Por ahora compartimos un texto de Vegetación y paisaje regional que espero sea útil...

gracias,

Gabriel Burgueño

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Salida a la Reserva Municipal Los Robles














el miércoles 3 de junio visitamos la reserva y la naciente del Río de la Reconquista.
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Vegetación originaria y modificaciones hacia nuestros días

Gabriel Burgueño. Cuerpo Municipal de Guardaparques. Reserva Municipal Los Robles, Benito Juárez y Williams (s/n), La Reja (1744), Moreno, Provincia de Buenos Aires. gabrielburgue@yahoo.com.ar / www.moreno.gov.ar

  
De camino a mi casa acerté a pasar junto a una quinta y allí tuve...
otra sorpresa, al darme con una especie de sucursal de la aurora: dos ceibos en plena floración,
tan desaforadamente hermosos en su ruborosa inocencia que gruñí para mis adentros:
¿Qué es, junto a esto sino mero disfraz, la púrpura de emperadores y cardenales?
Años más tarde pude navegar el Paraná,
y los ceibos en flor de sus orillas sugerían a mi imaginación alucinada
no sé qué figura de una roja vincha
ciñendo la frente del gran río, cacique de las aguas.”.

Franco, 1978.

















Introducción

La vegetación originaria se ha borrado casi completamente del paisaje urbano de las ciudades de gran escala en todo el mundo. En el Área Metropolitana de Buenos Aires, no se han hecho demasiadas excepciones y salvo pequeños remanentes, los bosques, matorrales, pajonales y pastizales han desaparecido.
Las plantas, junto a otros aspectos del paisaje natural,  proveen de servicios ambientales numerosos, tales como regulación climática; regulación de gases atmosféricos; filtro y almacenamiento de agua potable; conservación de biodiversidad general (por ejemplo como refugio de animales silvestres y hábitat de plantas silvestres);  conservación del recurso suelo; protección de la fisonomía local como recurso paisajístico, turístico; posibilidades de escenarios de educación ambiental, entre otros. De este modo, conocer los elementos clave  del paisaje y reflexionar sobre sus valores, son los primeros pasos para conservarlo.
El paisaje puede definirse como el arreglo en que se presentan espontáneamente los elementos –entre los que se destacan la vegetación, el relieve y los aspectos geomorfológicos- de un espacio, determinando las posibilidades de uso. Según autores con la mirada de la ecología del paisaje (Forman y Godron, 1986), este arreglo se verifica a partir de los sitios –parches- que se repiten en un espacio mayor –matriz- y se conectan gracias a sistemas lineales –corredores-. Con esta perspectiva puede describirse una región en relación del estado de los parches que funcionen como hábitat; la matriz y su hostilidad hacia la vida silvestre y los corredores con el grado de conectividad que aporten a los parches.
La vegetación puede describirse en función de las comunidades –grupos de especies que conviven en un parche con rasgos propios de frecuencia de cada una, estratos, cobertura, entre otros- que representan en el área de estudio ecorregiones diferentes. Paralelamente podemos enumerar los elementos de la flora local por medio de los números de especies, familias y otros grupos; status de conservación; potencialidades de uso; origen y distribución.
La fisonomía que surge de los tipos de plantas que predominan en el área tratada –árboles, arbustos, hierbas- generó una percepción diversa que ha construido un imaginario del paisaje originario, por lo cual se la describe a partir de fuentes diversas a modo de reflexión sobre las valoraciones que posee. Así, en este aporte nos proponemos describir el paisaje originario y algunas de sus virtudes, como forma de reconocer la necesidad de jerarquizarlo.


Vegetación de la región



En una escala general, la vegetación de la región metropolitana se vincula con la Pampa, con la llanura y esta área, se halla incluida en la región Pampeana según diversos autores como Cabrera y Willink (1973), Cabrera (1994) o en la ecorregión Pampa, según la Administración de Parques Nacionales (1999). En relación a las divisiones de la región pampeana, el área de trabajo puede ubicarse en la subregión Pampa ondulada (Soriano, et al., 1992), aunque el extremo sur de esta zona, incluye a la transición con la subregión Pampa deprimida (Vervoorst, 1967). Sin embargo, al enfocar el área de trabajo con mayor detalle, la ciudad de Buenos Aires y alrededores, se ubica en una “encrucijada biogegráfica”, donde se enlazan elementos de la Selva Austrobrasileña (Paranaense o Delta), del Espinal y pampeana (Matteucci, et al., 1999). Esta transición se comprueba al recorrer los remanentes naturales con pastizales y pajonales (Pampa), bosques caducifolios con espinas como el talar, algarrobal o espinillar (Espinal) y vegetación selvática como los bosques y selvas ribereños en las márgenes de ríos y arroyos (Delta e Islas del Paraná). En el cuadro siguiente se observan las regiones naturales de la provincia de Buenos Aires y las denominaciones según autores.


Regiones fitogeográficas
(Parodi, 1945)

Regiones Fitogeográficas
(Cabrera, 1994 y Matteucci et al., 1999)

Ecorregiones
(Brown y Pacheco, 2006)
Región
Provincia
Distrito
Subdistrito
Ecorregión

Estepa pampeana

Pampeana
Uruguayense

Pampa


Pampeano oriental


Selva misionera
Selva paranaense
De las selvas mixtas

Delta e Islas del Paraná
Bosque Pampeano
Espinal
Del algarrobo
Del tala
Espinal
Monte oriental
Monte


Monte de llanuras y mesetas

Una forma de estudiar la vegetación es por medio de las comunidades, ya que estos grupos de especies se repiten en el espacio y en el tiempo e indican un funcionamiento natural que trasciende la especie. Tal es el caso del bosque de tala rioplatense, que incluye varias especies –más de 10 especies de árboles, varios arbustos, trepadoras y herbáceas- e incluso en las formaciones con suelos de conchilla –al sur de La Plata- el tala es acompañado en la misma proporción de coronillos o esta última es la planta que domina. Lo mismo ocurre en los bosques ribereños, donde un ceibal es mucho más que varios ejemplares de ceibos, ya que este bosque tiene otras especies, un arreglo espacial, cobertura, estratos, permanencia o caducidad de follajes, colores, alturas y otros rasgos que le son propios. 
Existe un mito muy difundido sobre la ausencia de árboles en el área rioplatense, sin embargo son varias las comunidades arbóreas que podemos enumerar y que se conservan aún en el área. En el anexo II se presenta un listado de árboles rioplatenses y a continuación se muestran las comunidades principales incluyendo las compuestas por árboles y otros grupos.


Comunidad

Especies
Algarrobal
Bosque de Prosopis alba
Bosques de aliso  
Bosque de Tessaria integrifolia
Camalotales
Comunidad flotante de Eicchornia crassipes
Ceibal 
Bosque de Erythrina crista galli
Césped ribereño
Comunidad de Stenotaphrum secundatum y Zephyranthes candida, entre otras herbáceas
Chilcales 
Matorrales de Baccharis spp.
Comunidades acuáticas flotantes
Comunidades flotantes de Lemna sp. y Salvinia sp., Pistia stratiotes, entre otras
Espinillar 
Sabana de Acacia caven
Estepas o pseudoestepas
Formaciones de Bothriochloa laguroides + Stipa spp. + Piptochaetium spp.
Estepa halófita
Formaciones de Distichlis spp.
Flechillar
Formaciones de Stipa spp.
Juncal
Formaciones de Schoenoplectus californicus
Matorrales ribereños
Formaciones de Sesbania spp. + Phyllanthus sellowianus + Mimosa spp.
Pajonales
Formaciones de Scirpus giganteus; de Paspalum quadrifarium; entre otros
Pindosales
Palmares de Syagrus romanzoffiana
Sauzal
Bosque de Salix humboldtiana
Selva marginal
Formaciones de Allophyllus edulis; Ocotea acutifolia; Pouteria salicifolia y Sebastiania brasiliensis, entre otras
Talar  
Bosque de Celtis ehrenbergiana

Contamos este perfil de la naturaleza ya que las comunidades hacen a un aspecto imprescindible a la hora de restaurarla o conservarla, partiendo del entorno en el que vive una especie a considerar.


Flora de la región



Si bien el área que trata este libro trasciende al área metropolitana, enmarcándose en lo que podríamos llamar región rioplatense (Sur de Brasil, Uruguay y centro-este de Argentina), no debe confundirse el mapa político del país con las ecorregiones. En este sentido sumamos un cuadro de ecorregiones y los sinónimos principales según autores (ver en el apartado Vegetación de la región). Aún así, a efectos de describir la flora local, podemos recurrir a la escala de provincia, de donde surgen los análisis de números de especies espontáneas (según Zuloaga et al., 1999):


SILVESTRES
ENDÉMICAS
GRAMÍNEAS
COMPUESTAS
LEGUMINOSAS
N° ESPECIES PAIS
9690
1906
1204
1498
737
N° ESPECIES                   
Provincia de Buenos Aires
2172
185
412
333
131

La flora argentina, es de gran riqueza, con más de 9.690 especies de plantas vasculares, de las que sólo se comparten números relativamente bajos con países limítrofes - 445 con Brasil; 1.594 con Chile; 346 con Paraguay y 238 con Uruguay- y alberga más de 1900 especies de endemismos, es decir plantas que se hallan exclusivamente en el país (Zuloaga et al., 1999).
El área urbanizada de la Ciudad de Buenos Aires y alrededores, coincide con la tratada por Cabrera y Zardini en el Manual de la flora de los alrededores de Buenos Aires (Cabrera y Zardini, 1978) obra en la que se incluyen más de 1.700 especies y la biota presente se vincula con la tratada por Hurrell al dirigir la Flora Rioplatense (Hurrell, 2008). Como se observa en el cuadro, la provincia de Buenos Aires, posee alrededor de 2.172 especies, de las cuales, 185 son endémicas (Zuloaga et al., 1999), números de especies que alcanzan para imaginar la potencialidad de plantas útiles para el ser humano y como desafío para la conservación. Son numerosas las especies con valores utilitarios, como las plantas medicinales, comestibles y melíferas (Martínez Crovetto, 1948; Parodi, 1934; Xifreda, 1992), tintóreas (Marzocca, 2009) y textiles (Luna Ercilla, 1977), entre otros. También existe una lista importante de especies con potencialidades forestales (con datos destacados en Cozzo, 1975) y ornamentales, estudiadas por numerosos autores (Babetti, 1982; Barbetti, 1995; Haene y Aparicio, 2001; Jankowski  et al. 2000; Lahitte et al. 1997 y 1998; Muñoz et al., 1993; Talice Lacombe, 1993; Césere, et al., 1997; Valla et al., 1999; Valla et al., 2001; Burgueño y Nardini, 2009; Chebez y Masariche, 2010). Algunas familias como las gramíneas, además de poseer valores agronómicos destacados –como cereales o forrajeras- son ornamentales (Rúgolo de Agrasar y Puglia, 2004; Rúgolo de Agrasar et al., 2005) y otorgan aspectos relativos a la identidad y caracterización del paisaje local, dado que los pastos son las plantas que más caracterizan a la región. Efectivamente uno de los grupos de plantas útiles, es una de las familias más representadas en la provincia, es decir las Gramíneas (Poaceae) con más de 410 especies, a las que siguen las Compuestas (Asteraceae) con 333 y las Leguminosas (Fabaceae) con 131 especies (Zuloaga et al., 1999). En el anexo I se incluyen algunas de las especies principales de plantas con valores utilitarios con sus datos de usos más destacados.
De las especies locales, debemos prestar atención especial a las que cuentan con algún grado de riesgo, tales como las amenazadas y endémicas que deben ser una prioridad de conservación y cultivo en reservas, jardines botánicos, viveros de conservación, arboretums y otros ámbitos similares. Son varios los casos conocidos de plantas cuyas poblaciones son naturalmente reducidas o que se han destruido sus localidades de hábitat, entre los que podemos nombrar el ombusillo (Phytolacca tetramera) que al ser exclusivo de la provincia (endémico) su conservación local es imprescindible para evitar que desaparezca del globo. Otros casos se presentan con plantas de distribución más amplia (varias provincias o incluyendo países limítrofes) pero cuyas poblaciones de la región de estudio se encuentran en peligro. Así ocurre con árboles como los algarrobos (género Prosopis) que ocupaban bosques puros o acompañaban talares, de los que quedan  áreas mínimas en la actualidad.
A continuación se enumeran especies amenazadas para la Provincia de Buenos Aires (según Villamil et al. 1996), como un modo de visualizar prioridades y ejemplos didácticos de conservación:



1.       Adesmia bonariensis
2.       Adesmia pampeana
3.       Adesmia pseudogrisea
4.       Astragalus argentinus
5.       Astragalus bonariensis
6.       Baccharis divaricata
7.       Baccharis penningtonii
8.       Baccharis phyteuma
9.       Baccharis tandilensis
10.     Bromus bonariensis
11.     Conyza serrana
12.     Cyperus berroi
13.     Cyperus meridionalis
14.     Eupatorium cabrerae
15.     Festuca pampeana
16.     Festuca ventanicola
17.     Grindelia aegialitis
18.     Grindelia ventanensis
19.     Gymnocalycium platense
20.     Habranthus barrosianus
21.     Habranthus martinezzi
22.     Hickenia scalae
23.     Hieracium burkartii
24.     Hieracium chacoense
25.     Hieracium tandilense
26.     Hordeum erectifolium
27.     Koeleria ventanicola
28.     Mimosa tandilensis
29.     Modiolastrum australe
30.     Neosparton darwinii
31.     Nierembergia ericoides
32.     Nierembergia tandilensis
33.     Phytolacca tetramera
34.     Plantago bismarckii
35.     Plantago dielsiana
36.     Plantago tandilensis
37.     Plantago ventanensis
38.     Poa iridifolia
39.     Poa schizantha
40.     Polygala ventanensis
41.     Senecio arechavaletai
42.     Senecio bravensis
43.     Senecio leucopeplus
44.     Senecio tandilensis
45.     Senecio ventanensis
46.     Sisymbrium ventanense
47.     Stipa curamalalensis
48.     Stipa ventanicola
49.     Tillandisia bergerii
50.     Vicia platensis



Afortunadamente existe información abundante sobre la composición de las comunidades locales –citadas en el apartado de Percepción y fisonomía del paisaje originario-, recabada gracias a botánicos y naturalistas que describieron el paisaje antes de la destrucción masiva, contando así con metas para reintroducirlo allí donde se encuentra ausente.



Percepción y fisonomía del paisaje originario



El paisaje local fue descripto por viajeros, botánicos, naturalistas, autores de literatura gauchesca, artistas del folclore, entre otros actores que tuvieron sensibilidades diferentes y cada uno a su manera aportó miradas hacia la construcción de la percepción del entorno.
La región metropolitana se encuentra en la planicie pampeana, un paisaje originariamente modelado por sistemas fluviales, aunque lo que han llegado hasta nuestros días son vestigios de estas geoformas.  A fin de ordenar estas citas, las agruparemos según correspondan a descripciones de llanura, barranca, o ribera, como forma de plantear un paralelo con la pampa –pastizales de los llanos-, el espinal –bosques de barrancas- o la selva -y vegetación del delta del Paraná y la ribera del Río de la Plata-.

Para empezar, tomemos la pampa y para escribir sobre la fisonomía es inevitable  recurrir a las subjetividades de quienes lo describieron, por lo cual parte de las frases están teñidas de valoración y no son sólo enumeraciones de elementos del territorio. Las maneras de percibir este espacio quedaron registradas en aportes diversos, tales como los que siguen:

“El camino atravesaba una Pampa de excelentes pastizales. En aquella estación, la hierba, de intenso verdor, crecía esplendorosa y toda la extensión que los ojos abarcaban parecía una alfombra de terciopelo verde oscuro donde se esparcían las flores doradas de la primavera. Muy cerca, y a nuestro alrededor, los hongos de color blanco cubrían el suelo. No se veían árboles —a excepción de uno o dos que se divisaban junto a una casa— pero las casas son pocas, debido a la escasez de población”

(Mac Cann, [1853] 1969).

Así vemos este ambiente como fisonomía más abarcadora,  a la que otros autores indican los recursos que encontraron para sobrevivir:

“El agua ya era aquí dulce, pero el mar tan grande que no podía convencerme de que fuese río. Había en tierra muchos venados, y caza, que cogíamos, y huevos de avestruz, y aves­truces pichones muy sabrosos; en la tierra hay mucha miel, y muy buena, y encontrábamos tanta, que la dejábamos; hay cardos que son buenos como alimento  y la gente se holgaba comerlos. Y como nos pareció a todos que podíamos morirnos, determiné seguir adelante, y el viento estaba del sud-este y el tiempo bueno, y de noche había luna

(Pero Lopes de Souza, [1531], 1927 Citado por Busaniche, 1971).

Algunas especies fueron de hecho presencias importantes al paso:

A propósito de carda, (…) es un gran recurso en el campo. Su leña no es fuerte, pero arde admirablemente. Es cómo yesca, y las bellotas cuando se queman forman unos globulitos preciosos que parecen fuegos artificiales y distraen en sumo grado la imaginación. Alrededor de un fogón de carda puede uno que­darse horas enteras entretenido, viendo al fuego de­vorar sin saciarse con pasmosa rapidez cuanta leña se le echa, brillar y desaparecer las bellotas incan­descentes como juegos diamantinos. La carda tiene otra virtud recóndita. Cuando el caminante fatigado de cansancio y apu­rado por la sed, encuentra una carda frondosa, se detiene al pie de ella, como el árabe en el fresco oasis. Arranca el tallo, y en el alvéolo que queda entre las hojas encuentra siempre gotas de agua cristalina, fresca y pura, que son el rocío de la noche guarecido allí contra los inclementes rayos del sol

(Mansilla, [1870] 1966).

Los viajeros registraron tempranamente la presencia de elementos de modificación antrópica:

Las Pampas tienen 900 millas de ancho, y la parte que recorrí, aunque en igual latitud, está dividida en regiones de clima y producción diferentes. Dejando Buenos Aires, la primera de estas regiones está cubierta de 180 millas con trébol y cardos; la segunda región, de unas 400 millas, produce pajas y espartillo; y la tercera región, que llega al pie de la cordillera es monte de árboles bajos y arbustos

(Head, 1825).

Hasta Sarmiento que en Facundo se refería al “desierto” como mal que aqueja al país por medio de las inmensidades, rescata algunas virtudes del ambiente local:

El campo que habíamos atravesado (...) está cubierto, como una tupida e impenetrable alfombra, de los pastos más exquisitos, predominando la cola de zorro, la cebadilla (...) La costa del río está a diez leguas, y estos pasteles exquisitos llegan hasta la barranca

(Sarmiento, [1852] 1957)

y como sumó también el botánico Martín Doello Jurado (1913):

(…)”Nuestra naturaleza en cambio (la de los alrededores de la Capital) no tiene en su monotonía aquellos caracteres sobresalientes; pero, tal como es no deja de ofrecer aspectos hermosos, — sin hablar de la belleza, más subjetiva que real, de la Pampa. Sobre todo, si no tiene nada de maravilloso, es siempre interesante, y su interés reside, precisamente, en ser así como es, y no de otro modo

Sobre el “mar de pastos”, Cabrera nos decía al referirse a los alrededores de La Plata que la forma la:

 “Estepa Graminosa (Asociación de Andropogan lagurioides + Piptochaetium montevidense + Stipa neesiana + Aristida murina + Stipa papposa). La asociación climax cubre la mayor parte del Partido, al menos potencialmente. Se extiende sobre todos los campos al­tos, generalmente con suelo arcilloso-arenoso ligeramente áci­do (…) Aspecto vernal. Hacia fines de noviembre y primera mitad de diciembre las matas de las Stipa y Piptochaetium dominantes han alcanzado todo su desarrollo. La estepa, agi­tada por el viento, semeja ahora un ondulante mar de pasto, blanco en unas zonas debido a las panojas claras de Stipa charruana, rojizo en otras gracias a la Aristida murina, y en otras gris por las inflorescencias de Stipa papposa y Piptochaetium bicolor. Como puntos brillantes aparecen las espigas plateadas de Andropogon laguroides, que ya comienza a florecer, y de tanto en tanto se ven manchas verdes formadas por las colo­nias, aún sin flores, de Baccharis notosergila”

(Cabrera, 1949).

En los registros, la pampa también fue percibida como enorme, inaprensible, hasta hostil y vacía, como lo dice Don Segundo Sombra

“En la Pampa las impresiones son rápidas, espasmódicas, para luego borrarse en la amplitud del ambiente sin dejar huella”(…)

(Güiraldes, [1926] 1939).

La escala del espacio está acompañada por las consecuencias del clima, de las que se muestra cierto enojo:
La causa fue, que se alzó un pampero fierísimo, que viene a ser casi un poniente pero lo llaman pampero porque pasa por una llanura desmesurada, de novecientas o más millas, que se extiende hasta los altísimos  Montes de la Cordillera que dividen a Chile de la Magallánica y del Tucumán, y esta llanura o desierto se llama las Pampas; donde no se encuentra ni un montecillo, ni un árbol, sino sólo yerba (…). Habitan allí todavía innumerables indios, llamados también Pampas, no unidos en poblaciones como tierras y aldeas, sino dispersos acá y allá, sin lugar fijo y sin casas, pues se contentan con cuatro palos con una piel de buey encima que sólo los defiende de las lluvias”

(Cattaneo y Gervasoni,  [1749] 1941).

Pampa que –en quechua- significa terreno llano sin árboles y en el uso, “(…) el horizonte se mantenía siempre despejado por temor al indio (…)” (Thays y Bayá Casal, 2004), de donde se entiende que la idea de hostilidad se asocia con la escala, enfatizada por el riesgo al encuentro con el habitante local. Sin embargo, el vacío no era tal para los pueblos originarios que recorrían las pampas, para quienes el paisaje tendría seguramente otros atributos.

La Pampa argentina del siglo XVI fue la primera frontera de pastos que encontró el hombre europeo. El borde de esas grandes llanuras fue contorneado por los mismos conquistado­res que derribaron poderosos imperios indígenas y exploraron un hemisferio en busca de oro y almas”

(Scobie, [1964] 1968).

La presencia de nativos se ha tratado durante siglos subrayando el peligro para los blancos advenedizos, aunque vale decir que otra dimensión es el diálogo con la naturaleza propio de los habitantes precolombinos. En este aspecto hay varias hipótesis, pero se concuerda en general con enmarcar las etapas precolombinas de avance del ser humano sobre el paisaje natural como momentos de impactos bajos y modificaciones reducidas.

"Sobre esta superficie tan llana, tan igual, los menores pliegues de terreno cobran proporciones extraordinarias para la vista” (…)

(Martín de Moussy,
Descríption géographique et statistique de la Confédératíon Argentina 1860,
citado por Cinti, 2001b).

La superficie plana en las descripciones que borran los elementos del paisaje, reduciéndolo a la “nada” ha generado imaginarios de ausencia de atractivos como cursos de agua, lagunas, ondulaciones del relieve y sobre todo de árboles –enumerados en el apartado de vegetación- despreciando la diversidad local y sus potencialidades culturales y utilitarias (esta mirada se la debemos entre otros a: J. Van Suerk -Citado por Hosne, 1998-; Miers [1826] 1968; Beamont, [1828] 1957; Darwin, [1845] 2007; Mac Cann, [1853] 1969; Woodvine Hinchliff, [1863] 1955); Gaignard, [1979] 1989) y Echeverría tanto en “La cautiva” ([1837] 1984) como en “El matadero” ([1838-40¿?] 1984), los trata como dramas de frontera, donde naturaleza y frontera son parte de un continuum por el que se pasa de una dimensión social a la dimensión impuesta: la llanura (Sarlo, 1997), aunque tenemos registros de otros escritores y viajeros sobre los que puede consultarse a A. Prieto -2003-).

La fisonomía local derivó en discusiones diversas sobre la vegetación originaria, donde el predominio de pastizales o bosques ha sido desde siglos atrás asunto de debates:

 “Los científicos no se han podido explicar aún por qué la Pampa, con un clima húmedo y un suelo excesivamente rico, no ha producido más que pastos, mientras que las zonas secas y estériles, en su límite norte, oeste y sur, tienen una vegetación arbórea. Se ha probado ahora que la conjetura de Darwin de que la extrema violencia del pampero, o viento del sudoeste, no permitía el crecimiento de los árboles, era infundada debido a la intro­ducción de los Eucaliptus globulus, ya que estos nobles árboles adquie­ren una extraordinaria altura en las Pampas y tienen un follaje luju­riante, nunca alcanzado en Australia

(Hudson, [1892] 1984).

El aspecto de la región metropolitana como también el propia de la región pampeana en general, ha planteado interrogantes durante mucho tiempo, a partir de los cuales diversos autores propusieron sus hipótesis (Parodi, 1940a,  Parodi, 1940b, Parodi, 1942, Walter, 1967, Facelli y León, 1986, entre otros), planteando la existencia de bosques sólo en las áreas paralelas a los ríos –donde se hallan vestigios que han sobrevivido hasta nuestros días-.  Sin embargo, Ellenberg (1962, citado por Facelli y León, 1986) suponía la existencia de un bosque como vegetación original con cobertura generosa en gran parte de las actuales provincias de Buenos Aires y La Pampa y que éste fue reemplazado por la acción de los pueblos originarios. Aunque las dudas permanecen, las áreas ribereñas incluyen alrededor de 40 especies de árboles o arbustos con hábitos de arbolito que se citan en la bibliografía de la región (Cabrera y Zardini, 1978; Lahitte y Hurrell, 1994 y Lahitte et al., 1998, entre otros).

En las barrancas locales los bosques de talas han sido importantes y descriptos por los viajeros y habitantes desde tiempos de los primeros viajes, a partir de su mirada descriptiva, como el caso de Schmidel, quien incluyó grabados en el diario del viaje al Río de la Plata que muestran árboles que parecen ser talas (Celtis ehrenbergiana) (según Parodi, 1940a que cita la edición de 1903 de la Bibl. J. Hist. Num. 1 y Silvestri, 2003 que cita a Difrieri, 1981 al mencionar  la tercera edición de 1599). El tala con su copa despeinada y asimétrica, es un símbolo de la flora bonaerense con proyectos para declararlo árbol provincial y se encuentra presente en la poesía y en la memoria de naturalistas locales:
“Porque crecí retorcido
y espinoso como el tala,
se me ha antojado que el árbol
me representa en sus ramas” (…).

(Juan Carlos Chébez, en el prólogo de Mérida  y Athor, 2006).

“Mi niñez y adolescencia transcurrieron, en gran medida,
en una región rural de Berisso, Los Talas, junto al Río de la Plata.
Tierra aluvial, negra y con yacimientos de conchilla en albardones paralelos a la costa, desarrolla en bosque xeromórfico de talas, molles, coronillos y ciña ciñas, zona apta para cultivo de hortalizas, viñedos y parcelas maderables de sauce.
En ese espacio voló mi espíritu, tratando de atrapar los mil y un duendes que lo poblaban, siempre elusivos entre tantos verdes magnáni­mos y dorados pajonales” (…).

(Klimaitis, 2004).
La región del Espinal –geografía de los bosques principales de Buenos Aires-, ocupa actualmente más lugar en los libros de historia que en el mapa y su destrucción comenzó cuando Mendoza plantó su real  entre los talas del Parque Lezama (Cinti, 1998). Esta ecoregión es además, la cuna del tala, árbol que representa a la provincia de Buenos Aires y que se cultivó desde temprano para cercos, tradición impulsada por el jardinero Tweedie en la colonia escocesa de Monte Grande (Carreño, 1974) con lo cual su reaparición también fue propiciada por el cultivo. Lo mismo ocurre con otras especies introducidas al cultivo de la mano de este botánico -contratado con el auspicio de Rivadavia en 1825- tales como Calliandra tweediei y varias verbenas (Parodi, 1961). Los talares ocupaban las barrancas y las elevaciones de conchillas en franjas de entre 50 y 300 metros de ancho, próximas a la ribera en Quilmes, Punta Lara y Berisso y en Villa Elisa se distancia unos 10 kilómetros para bifurcarse en dos brazos al sur de esta localidad, como los ha graficado Vervoorst (1967). También se presentaban en varias localidades como la propia ciudad de Buenos Aires, La Plata, Lobos,  Martín Coronado, Montes, Moreno, Pacheco, Santa Catalina, Victoria, entre otras cuyos vestigios fueron descriptos por Parodi (1940 a). Los talares presentan variedades en su composición según la localidad y Cabrera describió los propios de los alrededores de la ciudad de La Plata:

La riqueza en especies arbóreas disminuye de norte a sur, de modo que mientras en las barrancas del Paraná además de las especies dominantes se encuentran algarrobos (Prosopis alba) y chañares (Geoffraea decorticans), a la altura de La Plata estas especies han desaparecido, quedando sólo 9 especies arbóreas”

 (Cabrera, 1949).


Se destacan según este botánico, alrededor de Berisso especies como espinillo (Acacia caven), coronillo (Scutia buxifolia) y sombra de toro (Jodina rhombifolia), entre otros. Este último, el sombra de toro o peje se observa alrededor de los troncos de tala como hemiparásito (Vervoorst, 1967), aunque también crece sólo si se lo cultiva aislado. Considerado un aliado en el campo contra las tormentas, ya que anuncia las lluvias al cerrarse sus hojas y también protege a quienes se guarecen bajo las copas contra los rayos y el viento (Demaio et al., 2002). Otra especie destacada y característica de los talares y de la región en general es el ombú (Phytolacca dioica), que si bien crecía en barrancas y en áreas de selva –en la Mesopotamia- debido a su cultivo en ámbitos rurales desde varios siglos atrás, se lo asocia con la región pampeana:

La vista del árbol llamado hombu es la indicación cierta de una habi­tación, pues en cualquier parage donde construyen una choza, plantan uno de estos árboles. Este árbol es muy gran­de, pero sirve solo para señal, y dar sombra. Sin embargo esta es la única clase de árbol, ecepto los fru­tales, que crece en una extensión de cincuenta leguas al sur de Buenos Ayres”

(Miller, [1829] 1997).
En efecto esta percepción lo vincula con la vivienda rural y su entorno, como ejemplo podemos citar que está presente en el Martín Fierro:
(…) “Después de mucho sufrir
Tan peligrosa inquietú,
Alcanzamos con salú
A divisar una sierra,
Y al fin pisamos la tierra
En donde crece el ombú.” (…)

(Hernández, [1872] 2005).

 “El ombú, tan nombrado en la literatura rioplatense, es una especie autóctona pero no de la Pampa propiamente dicha, sino de la franja con talares próxima al Río de la Plata hasta Magdalena (…)

(Vervoorst, 1967).

Esta especie, que si bien no posee grandes atributos como utilitaria, en la literatura mereció varios elogios, tal como el que sigue de Sastre, uno de los primeros autores en describir de modo poético el Delta (Parodi, 1961):

El ombú de nuestras costas y el ceibo de nuestros ríos son los primeros objetos que hieren la vista del extranje­ro que desde lejanas tierras viene en busca del metal precioso que da nombre a estas regiones. ¡Dos árboles estériles por única muestra de las producciones del Río de la Plata, a las ávidas miradas de los peregrinos que pisan, llenos de esperanza, (…)!
¡Qué desencantos!
Dos árboles improductivos, ¿cómo pueden anunciar el suelo más feraz,
el clima más hermoso de los dos mundos?
Pero que penetre el extranjero en nuestras Pampas que producen el oro en verdes hebras; que penetre en nuestras islas que vuelven en pomas de oro las simientes  confiadas a su seno, y sabrá estimar aquel árbol que, después de haberle servido de norte para llegar al puerto deseado, le ofrece fresca sombra y seguro albergue en medio de los prados pingües que le han de dar la anhela­da opulencia sin más trabajo que el cuidado de un rebaño; y sabrá estimar aquel otro árbol florido que prepara el terreno fertilísimo que le dará la riqueza en retorno de un poco de industria y sudor

(M. Sastre, [1859] 1979).

Y también presente en la descripción del ámbito rural, como acompañante del rancho:

El ombú es un árbol muy singular; su rápido crecimiento y su espeso follaje lo hacen muy estimable en una tierra en que los buenos árboles son extremadamente raros y donde la sombra, para los hombres y para los ani­males, es por lo general muy escasa. En campo abierto, será muy rara la estancia, o pulpería, o casa de posta, que no tenga uno o más ombúes bajo los cuales puede uno atar su caballo y fumar una pipa según el gusto de cada uno y las circunstancias. Todos bendicen al ombú como a un amigo. Aunque los humanos están siempre dispuestos a sacrificar a los amigos, una vez tentados por la ambi­ción o la codicia y el ombú lleva en esto su ventaja (...) Es un amigo cuya vida y cuya prosperidad resultan infi­nitamente más útiles que todo resultado proveniente de su caída o de su ruina; su enorme tronco no sirve absoluta­mente para nada, y como su madera es poco mejor que la pulpa seca de cualquier vegetal; como su corteza se parece a la piel del elefante, el beneficio que puede prestar el ombú en vida, es algo indiscutible y nadie espera bene­ficio alguno con su muerte. La consecuencia de todo esto es que vive siempre amado por todos y cuando cae abatido por la furia del pampero, muere realmente lamentado por todos también. ¡Feliz ombú!”.

(Woodvine Hinchliff, [1863] 1955),

Y no podía faltar el aporte de Hudson, un amante de este árbol:

En tuito el pago, no hallará un árbol tan grandote como este ombú, por más que ande siete leguas p'ayá o p'acá, levantao solitario, sin una casa al lao; di ahí que tuito el mundo lo filie como "el ombú" lo mesmo que si fuera ese solo. Y le dice tamién que esta estancia, abandonada como una tapera, se yama El Ombú. Si usté se trepa a la rama más alta, podrá otear, a unas veinticinco cuadras de aquí, de un lao hasta el otro, la laguna de Chascomús con el poblao en la orilla. En día despejao alcanzará a ver hasta los puntos más chicos; hasta la raya colorada de las garzas cruzando las aguas

(Hudson, [1902] 1979).
Al igual que el aporte de Marmier:

(…)”El árbol más hermoso del Río de la Plata es el ombú. Es indígena del país y se desarrolla con una grandeza sorprendente. Como es de madera muy esponjosa, no puede utilizarse en construcción ni sirve para combustible. La naturaleza, con admirable previsión, arrojó su semilla en las inmensas Pampas para que sirviera de abrigo al campesino nómade y extendiera su sombra sobre los ganados. Su copa redondeada es como un amplio dosel que preserva al gaucho, lo mismo de las lluvias torrenciales que de los ardores del sol. Su tronco nudoso, compuesto de membranas enormes, como raíces que salieran de la tierra, parece un montículo de roca. Puede medir uno de estos árboles que tenía en su base no menos de cuarenta y cinco pies de circunferencia. Basta con ver uno de esos ejemplares gigantescos, para comprender toda la fuerza de la vegetación en los campos argentinos. Es, en efecto, un suelo de rara fertilidad y si produce pocos frutos y cosechas, se debe a que nadie se ha ocupado de cultivarlo mejor” (…)

(Marmier, [1851] 1948).

Y por último en contraste con el corpulento ombú, se cita el espinillo, más humilde de tamaño pero de silueta característica para la vegetación rioplatense y con flores amarillas muy abundantes y perfumadas, con la singularidad de aparecer antes de brotar a fines invierno:

 “El ombú es el único árbol grande que crece en la Provincia de Buenos Aires; es tan grande como el roble, de follaje muy espeso y de color verde obscuro, (...). El espinillo es arbusto
pequeño, rara vez tiene más de 2 o 3 yardas de alto, su nombre le viene de las espinas que lo cubren; se le utiliza solamente para hacer postes  y tranqueras destinadas a cercos provisorios; también como leña y a este fin se adapta muy bien porque lo mismo arde verde o seco. Sin embargo, aun  este arbusto se ve muy poco en la Provincia de Buenos Aires

(Beaumont, [1828] 1957).

Así como el talar en las barrancas y suelos elevados, las descripciones también son generosas en las áreas ribereñas, como por ejemplo hacia el sauzal, bosque frecuente, incluso en la ribera de la actual ciudad de Buenos Aires:

“La vegetación ribereña del Riachuelo estaba compuesta del infaltable sauce colorado (Salix humboldtiana), de altos bosquecillos de sarandí (Cephalanthus sarandí) y blanquillo (Excoecaria marginata), acompañados de dos leguminosas: el ceibo (Erytrhina crista galli) y el agodonillo (Aeschynomene montevidensis), mezclados a gruesas matas de penacho blanco (Cortaderia selloana) y Eryngium paniculatum (…)”

 (Cardoso, 1911).

Y aunque abundantes en algunas zonas, los bosques no pudieron dispersarse por todo el territorio pampeano, dado que la densidad de los suelos, la competencia intensa de las gramíneas por agua y espacio y los déficits hídricos demasiado prolongados  habrían impedido la presencia de árboles en la región. Sin embargo, no hay controversia sobre la presencia de árboles en la región ribereña, en barrancas, en el Delta y en montes aislados Pampa adentro, sumando la existencia de bosques de sauce, una de las pocas formaciones leñosas que también fue talada en las primeras décadas de la fundación de Buenos Aires:

“(...) en este Ca­bildo se trató que atento a que sea tenido en el que algunas personas cortan renuevos de sauce de los que ay en esta costa mandaron y acordaron que ninguna persona corte los dichos renuevos en ninguna parte pena de diez pesos (...)”

(Cabildo de Buenos Aires, 1610, citado por Athor, 2006).

Esta cita manifiesta que ya en el siglo XVII la escasez de leñosas era crítica y la destrucción de los bosques está también documentada por viajeros como Félix de Azara que indica que se habían explotado “ya que palos buenos no existen” (Azara, 1923, citado por Vervoorst, 1967).
El mismo sauce fue la especie que le sirvió de sombra a Aráoz de La Madrid:

Vamos, compadre, a tomar un asado a la sombra de los sauces, y marchamos con su hijo don Juan, la señorita Manuelita su hija, y dos locos, a uno de los cuales llamaba él el señor gobernador. Habiendo llegado a los cauces que están  a los fondos de la quinta, y sobre la costa del río, se presentó luego una gran alfombra para que se sentaran las señoritas, un hermoso costillar de vaca asado en un gran asador de fierro, que se clavó entre el pasto, un cajón de burdeos y no se qué otros platos. El señor gobernador mandó desensillar su caballo y recostado sobre su apero empezamos el almuerzo diciendo algunas jocosidades a los locos brindándoles con vino”.

(Araoz de La Madrid, [1850] 1968).

Thomas Falkner viajó por la región en 1774, describiendo “un mar de pastos”, con “islas boscosas” excepcionales, en las cercanías del Río Salado. Estas formaciones leñosas estaban integradas por bosquecillos de ceibos (Erythrina crista galli) y talas (Celtis ehrenbergiana) y matorrales de duraznillo (Ghersa y León, 2001). De este modo la existencia de bosques de tala y ceibo queda descripta, especies a las que podemos sumar otro árbol emblemático -el algarrobo-:

Desde el Río de la Plata hasta el territorio de Mendoza, se ven raramente los árboles en cualquier número, excepto en las proximida­des de los ríos, y aun allí casi nunca alcanzan una altura apreciable. El algarrobo, visto ocasionalmente en las Pampas, es una especie de acacia, que da una vaina con semillas que, se dice, que una vez pela­das, son tan buenas para hacer tinta como las agallas. Hay también otra clase común, según creo en el Alto Perú o Bolivia, la cual da una baya que comen los nativos y de la que se hace la chicha, una bebida embriagadora y creada por los indios. La fermentación de este brebaje detestable se produce agregando al agua en que se remoja, cierta can­tidad de saliva. Las mujeres mastican primero la baya, luego le vierten agua”.

(Campbell Scarlett, [1838] 1957).

El poeta también fijó su mirada en la comunidad del algarrobo -el algarrobal- al decir:

“Algarrobal de mi tierra,
crespo de vainas doradas,
a cuya plácida sombra
pasó cantando mi infancia “(…)

(Rojas, 1920, citado por Ghiano 1960).

Sobre otros bosques, ya modificados en algunos casos, encontramos:

Los árboles más variados sombrean las orillas. Podemos admirar los ceibos soberbios, cubiertos de racimos de un rojo de púrpura, las azaleas de todos colores: blanco, rosa, anaranjado, amaranto; magnolias enormes; naranjos silvestres cargados de flores y frutas; durazneros tam­bién silvestres de frutas exquisitas, mangos, tamarin­dos, mimosas, aloes gigantescos, cactos imponentes llamados órganos y otros no menos grandes que pro­ducen el higo moro; floripondios, trepadoras cubier­tas de graciosas florecillas bermejas, niveas, violetas; pasionarias cuyo fruto dorado pende con elegancia entre los delicados tallos

(Beck-Bernard,  [1864] 2001).

Los ceibos formaban bosques puros, de los que han sobrevivido algunos ejemplares como los presentes en las riberas o los ejemplares añosos de los alrededores del Lago Victoria Ocampo, a pocos metros de los cimientos de la casona de Rosas, que demuestran la presencia de estos bosques. Son apenas vestigios, sobre los que ya a principios del siglo pasado se anunciaba el peligro que corrían:

Las transacciones comerciales en terrenos en los alrededores de Bue­nos Aires, tan activas desde algunos años acá, concluirán dentro de poco tiempo con los escasos y reducidos sitios naturales que iban quedando. Algunos años más, y será necesario hacer un viaje de varias leguas para poder ver un monte de ceibos ó de curupíes

(Doello Jurado, 1913),

Actualmente en la ribera y en el Delta quedan restos de estos bosques como los describe Holmberg en su excursión por el río Luján:

Pronto cambian de aspecto las riberas. Altos álamos reemplazan el sauzal (…); los ceibos extienden sus ramas en el paisa­je y se reúnen a los eringios y juncos los hermosos penachos blanque­cinos de una gigantesca gramínea”

(Holmberg, [1878] 2008)

Este aspecto puede verse al salir del puerto de Tigre y tomar algunos de los canales. Los pajonales y el sotobosque de estos ambientes también son registrados en este viaje, que representan así otros ambientes del paisaje local:

(…) “el Caraguatá Chico que corre oblicuamente hacia el Luján, en el cual desagua. Es estre­cho, apenas tiene cuatro varas de ancho en algunos puntos, mientras que en otros, amenaza obstruirse. El junco lo invade, el camalote arrai­ga protegido y los Eringios, que extienden sus agudas hojas en abundante penacho, lastiman al pasar. En los bordes sombríos, deli­cadas Begonias de color débilmente rosado despliegan sus largos corazones irregulares, sobresaliendo entre los helechos palmas (Pteris sp.) y el culantrillo (Adianthum Capillus-ueneris), y formando guir­naldas elegantes, entre los ceibos, sauces, álamos, durazneros y juncos, se extienden los larguísimos vástagos de las Convolvuláceas entre las cuales se distingue la dama de noche cuyo botón no despertará hasta después de puesto el sol, cual si qui­siera reemplazarle con su candida y vaporosa vestidura nupcial. Otras enredaderas de diversas familias confunden allí sus tallos, lujosamente desarrollados por la abundancia de agua en un rico y fér­til suelo, mientras que algunos vegetales de diferente carácter animan por la variedad el escenario de las orillas”

(Holmberg, [1878] 2008).

Otra rareza para la opinión general, es la presencia de selva en el Río de la Plata, la cual se hallaba en el Delta hasta el sur de La Plata (Punta Lara), aunque hasta hoy en día se conservan restos de especies selváticas en los alrededores de Punta Indio. Inés Malvárez, una de las biólogas más destacadas que estudió este ambiente se asombraba de la riqueza y explicaba:
Es esta coexistencia de especies junto con la yuxtaposición de diferentes comunidades lo que constituye, a la vez un atributo exclusivo de la región y la base principal de la diversidad y riqueza observadas”, al describir las especies de linaje subtropical, chaqueño y paranaense en el Delta y alrededores (Malvárez, 2000).Esta selva local puede percibirse a través de las descripciones literarias, como la que sigue de Garra:

(…) “Sobre el filo del albardón, iban desfilando todos los hermosos ejemplares del monte blanco, el monte primitivo de las islas. Grandes canelones de tronco grueso y enhiesto; laureles enormes sobre cuyas ramas se agarraban los isipós y las zarzas entretejiendo sus tallos como sogas colgando de los mástiles; curupíes de tronco blanquecino cubierto de musgo; amarillos deshojados por el invierno de los que pendían viejos nidos de boyero; grandes sauces colorados; mataojos donde sujetaba su raíz la flor de patito, la orquídea de las  isla; naranjos agrios con todas sus hojas verdes; hermosas palmeras pindós que levantaban sus penachos arriba, sobre las copas de los arrayanes; agarrapalos gigantescos abrazando el tronco de los grandes ceibos en un hueco de los cuales nacieron para estrangularlos luego con el brazo mortal de sus raigones; matas de caña brava lanzando sus varas tumbadas hacia todos los rumbos; helechos y begonias que se extendían, en parte, como una sábana verde. Por  entre los árboles, multitud de pájaros de todas clases y colores: zorzales, carpinteros, chiriries, picapalos, boyeros, palomas monteras, cardenales. Todo el esplendor casi tropical de la naturaleza, que el Paraná y el Uruguay han arrastrado, río abajo, con sus aguas desde el Norte lejano, se mostraba allí con su salvaje lujuria”. 

(Garra, 1994).

               El ambiente donde se desarrolla la selva constituye una fuente muy amplia de recursos paisajísticos, tanto la fisonomía general de la comunidad como las especies que la habitan, de las que varias se hallan en cultivo masivo (bignonias, orquídeas, ceibos, palmera pindó, helechos, entre otras), a las que deben sumarse las plantas con potencialidades evidentes:

“Las islas de la desembocadura del Paraná están pobladas de árboles peculiares, diferentes de los que se encuentran en el cur­so superior. Ya he descrito las islas bajas y parte de las que pro­ducen durazneros y naranjos; pero, independientemente de es­ta vegetación extraña, las islas poseen una indígena. Sus orillas o sus partes más bajas, más expuestas a las inundaciones, están cubiertas de sauces, que crecen bastante derechos y cuyo folla­je verde tierno, graciosamente inclinado sobre el agua, adorna sus bordes. Por el contrario, en el interior, no hay sauces; pero entre los durazneros y naranjos, más numerosos, crecen dos es­pecies de laureles, distinguidas por los nombres de Laurel-miní (pequeño laurel), cuya corteza se aprovecha en el país para cur­tir los cueros, y laurel blanco. Se encuentra también el ceibo, árbol muy espinoso, de mediana altura, que se cubre de hermosas flores púrpura y sería ornamento de nuestros bosquecillos más bellos. Su madera es blanda y sólo sirve para hacer mangos y otros utensilios semejantes. Los nativos pretenden que su tronco es arañado con frecuencia por las garras de los jaguares, que lo buscan, en razón de su escasa dureza, para afilar sus ar­mas; hecho que nunca pude verificar. Estos árboles se elevan y presentan en masa el aspecto de nuestras espesuras. A veces for­man marañas tan tupidas que no se las puede trasponer sino ha­cha en mano”

(D´Orbigny, [1847] 1998).

La selva y otras formaciones de ribera se han descripto a principios del siglo XX, cuando presentaban estados más cercanos al originario y publicado por botánicos como Hauman (1919, 1922, 1925); Cabrera (1939, 1949); Cabrera y Dawson (1944) y Burkart (1957), entre otros.
Dado que estos ambientes de selva se hallan vinculados a la dinámica de inundaciones, los arroyos suelen ser escenarios propicios, como nos cuenta también Holmberg:

A medida que avanzamos, el arroyo toma en sus riberas un aspec­to más bello, y en algunos puntos, lo diré sin exagerar, espléndido. Glorietas naturales formadas por los ceibos, sauces, y otros árboles indígenas, se consolidan con las lianas estrechamente abrazadas a las ramas, mientras que en los troncos serpentean los largos vástagos de los helechos epifitos con hojas oval-oblongas y cactáceas, igual­mente epifitas.
Mi sorpresa no estalla porque los he observado en un paseo anterior, pero confieso que aquel epitifismo se revela en las mismas condiciones, aunque no en tan grande escala, que un año an­tes había observado en los bosques del norte de Tucumán”

 (Holmberg, [1878] 2008).

La selva formada por varias especies de árboles, entre los que se destaca el sauce –que también forma bosques puros como los citados- se diferencia de las formaciones boscosas por la presencia de la palmera pindó:

Pronto pasamos ante los bosques de sauces que adornan la ribera hasta la proximidad de San Isidro, al oeste de Buenos Aires, donde se observan los campos más lindos de los alrededores; pero no pudimos gozar de su visión porque el gran número de islas de la desembocadu­ra del Paraná los ocultaban a nuestras miradas. A eso de las tres llegamos a uno de los numerosos brazos del Paraná, denomina­do Paraná de las Palmas, nombre tomado de algunas de esas hermosas plantas que ornan el interior de esa zona

(D´Orbigny, [1847] 1998).

El paisaje de pastizales, bosques y selvas se completa con las descripciones de ambientes de bordes de lagunas, ríos y arroyos, que constituyen peculiaridades de la geografía bonaerense. Las comunidades ribereñas son testigo de los cambios en la formación de islas y cambios en los bordes, como nos cuenta Sarmiento:

"Las islas vienen invadiendo a pa­sos rápidos o más bien marchan hacia el mar, y el instrumento y la operación de hacer islas está a la vista de todos. Cuan­do el banco arenoso empieza a acercarse a la superficie, nace el junco, que eleva sus hilos de manera de formar una apa­riencia de tierra que aún no existe. (…). Las cardas, espadañas y otras plantas acuáticas nacen sobre este lecho que el junco les ha preparado, y ya puede decir­se que la tierra comienza a emanciparse del dominio de las aguas y a respirar el ai­re vital. Muy pocos años se necesitan pa­ra que la nueva creación se engalane con el ceibo de flores de color aterciopelado y que sólo vive en el límite fangoso de las tierras sumergibles. Entonces la tierra es­tá hecha, feraz cubierta de plantas acuá­ticas que crecen sobre un terreno tibio, húmeda, de color amarillo, como el río su padre, cual si el agua se hubiese consoli­dado y recargado de estos vegetales (…). El junco es el primer día de la creación de las islas; las cardas y el cei­bo hacen la mañana y la tarde del día se­gundo. (…)"

(Domingo Faustino Sarmiento, El Carapachay -1855-,
Citado por Cinti, 2001).

Esta dinámica no es nueva, pero la antropización creciente implica impactos diversos:

Hay lamentos conmovedores entre los pobladores de las islas porque se carcomen progresivamente las orillas de los canales y brazos del río Paraná. El daño afecta en especial las plantaciones de árboles que arrancan de la misma orilla de los cursos de agua. Es voz corriente que es el río nefasto quien daña con su erosión, los frutos de la labor y del sudor de los abnega­dos pobladores

(Groeber, 1961).

Aunque esta erosión en parte se debe a las modificaciones en juncales y otras comunidades de ribera, junto con las actividades de transporte fluvial y náuticas. Este juncal además de proteger la ribera, inspiró al literato a partir de rasgos que muestran el valor poético de este paisaje sublime, donde habitarlo fue un desafío para el ser humano:

“El Río de la Plata moría sobre los juncos, a los que imprimía un soñoliento vaivén en la tarde de marzo. Detrás, la barranca ascendía con ceibos y chañares. En la cumbre escasa se erguía un tala, entre cuyo ramaje los zorzales se hostigaban con gritos destemplados”

(Mujica Lainez [1949] 2008).

“Allá en la punta de un pajonal, medio oculto entre la maleza, alza su lomo ondulante un rancho miserable que parece bambolearse sobre las paredes de paja parada que sustentan su techo del mismo vegetal: es una sola pieza que sirve de dormitorio y de cocina”

(Álvarez, [1897] 1974).

En estos parajes es donde el tiempo pasa de modo singular:

-(…) ¿Cómo se llaman?...¿vea peligra la verdá, pero no les he preguntao!... Uno de ellos dice que se llama Pancho, pero aquí lo conocemos por “Cangrejo”; a otro le llamamos “Ñanducito”; a otro “El federal”
- ¿Y qué edad tienen?... ¿son viejos o jóvenes?
- Así no más son, señor… ¡Sin edá!... ¿Qué edá va a tener uno entre estos pajares, señor?(…)

El diálogo en el Viaje al país de los matreros de Fray Mocho (J. Álvarez) nos aproxima a sus habitantes y a la relación con el paisaje de otros tiempos, como ocurre con la descripción de la vivienda y su entorno, condicionados por el espacio y sus ríos percibidos desde épocas precolombinas:

“El río Paraná, el Nilo del Nuevo Mundo, llamado por algunos el Misisipí de la América del Sud, ha recibido como éste, de los aborígenes, un nombre que expresa su amplitud y magnificencia. Paraná en la lengua guaraní, significa padre de la mar, y Misisipí, en la de los Natchez, padre de las aguas. No parece sino que esos dos pueblos indígenas, de los opuestos continentes, hubieran sentido la misma impresión de asombro, al contemplar por primera vez sus grandiosos ríos, para significarla con palabras que en su respectivo idioma exprimen el mismo pensamiento”

(Sastre, [1859] 1979).

También las lagunas con su vegetación palustre maravillaron a los escritores como Hudson, por su imponente variedad de plantas y animales:

En primavera y verano visitábamos con frecuencia las lagunas o terrenos anegados, los lugares más fascinantes para mí por su abundancia de aves. De estas lagunas había cuatro, todas en diferentes direcciones y dentro de las dos o tres millas de la casa. Eran lagunitas poco profundas, cada una de trescientos o cuatrocientos acres de extensión, con aguas despejadas en parte y el resto invadido por densos pajonales de un verde vivo e inmensos macizos de juncos

(Hudson, [1918] 1999).

Y las comunidades se describen tal como las especies en el cancionero folclórico de la mano de artistas como Tarragó Ros:

“El totoral me susurra
las viejas historias
que supo contar
el vasco Barnidio Sorribes
en noches de lluvia
allá en Curuzú”.

“Hay un presagio pombero
que habita el estero,
piel de yarará.
Sarandizal, tero tero,
lobo lagunero, kiyá y yacaré.
El cuerpo yo voy mariscando.
canoa y remo,
yo voy mariscando”

(A. Tarragó Ros -Yo voy mariscando-)

Hudson también enfocó las comunidades palustres y supo con su arte dejarnos un legado sobre el aspecto del entorno natural:

“Los nidos estaban en un sector bajo y anegadizo cubierto por una planta semiacuática llamada duraznillo. Tiene un tallo blanco único, de aspecto leñoso, de dos o tres pies de altura y del diámetro del dedo medio de un hombre, con una corona parecida a la de las pal­mas, de grandes hojas sueltas y lanceoladas, de modo que se­meja una palmera en miniatura o más bien un Ailanthus, que tiene un tronco delgado completamente blanco. Las flores de esta solanácea son de color violeta y produce frutos del tama­ño de cerezas, negros como el azabache, en grupos de tres, cin­co o seis

(Hudson, [1918] 1999).

La ribera y el estuario fueron escenario de contratiempos para los viajeros, los que a la par de sus quejas dejaron descripciones de la geografía:

Hemos navegado por este magnífico río, y ha sido la nuestra una triste navegación. Por todos lados no vemos más que agua, como en plena mar, pero un agua amarillenta y cenagosa, de fondo variable y curso interrumpido por bancos de arena que obligan al piloto a valerse de la sonda continuamente. Pueden experimentarse en este río todas las vicisitudes de un viaje por mar: la calma y los ventarrones (pamperos), mucho más peligrosos que en el Atlántico. Sólo median cuarenta leguas entre Montevideo y Buenos Aires y en ese corto trayecto hemos debido anclar cuatro veces, soportar todas las molestias del cabeceo y el balanceo del barco, empleando cinco días en una travesía que debiera cumplirse al parecer en pocas horas. En esto está la superioridad de Montevideo sobre Buenos Aires, por lo que hace a su situación. Esa superioridad, Rosas pretende negarla, pero tarde o temprano ha de corresponder a Montevideo, según las leyes de la naturaleza (...). Por fin, ya estamos en la rada, a una legua y media de la ciudad. Más cerca, no hay calado suficiente ni siquiera para buques de escaso tonelaje. Éste es otro inconveniente del comercio de Buenos Aires, que se agrega a los que observan los viajeros remontando el río desde Montevideo”

(Marmier [1851] 1948).

Y el mismo naturalista que describiera los bosques y selvas, aportó datos sobre las riberas:

A pocas varas de la orilla se extiende la paja brava, y en verdad que nuestras manos quedan laceradas por su agudo filo al ir a recoger la pieza que el arma ha derribado o la mariposa que aparente­mente busca refugio en aquel mar de acerados cuchillos. Sólo un ve­hemente deseo de hacer una adquisición apreciable, o un entusiasmo exagerado, o la ignorancia, pueden incitarnos a penetrar en aquel abis­mo, en que no sólo se sufre el dolor de las heridas, sino también una violenta opresión al respirar, pues parece totalmente como si el oleaje nos asfixiara con su enorme peso” (…)

(Holmberg, [1878] 2008).

Con esta reseña de las descripciones de viajeros y escritores locales y extranjeros se intentó mostrar un cuadro general del aspecto del paisaje originario, que ha llegado hasta nosotros sólo en porciones aisladas, en una ciudad que es reflejada en los escritos de viajeros como sigue:

“(…) Buenos Aires es la única que se diferencia un poco, pues aunque contenga muchos huertos con árboles, que de lejos no permiten distinguir mucho las casas y aunque queden éstas en los extremos, dispersas acá y allá sin orden, sin embargo, en el centro de la ciudad están unidas, formando calles derechas y ordenadas. Las casas son bajas, de un solo piso, la mayor parte fabricadas de tierra cruda: consisten por lo general en cuatro paredes de forma rectangular sin ventana alguna, o a lo sumo, con una, recibiendo la luz por la puerta. Pocos años atrás eran todas de tierra como dije, y la mayor parte cubiertas de paja”

(Cattaneo y Gervasoni,  [1749] 1941)

Y en la literatura, como ocurre con Leopoldo Marechal, quien nos deja una pincelada gris sobre el verde anterior:


Desde Avellaneda la fabril hasta Belgrano ceñíase a la metrópoli un cinturón de chimeneas humeantes que garabateaban en el cielo varonil del subur­bio corajudas sentencias de Rivadavia o de Sarmiento”

(Marechal, 1966),

Por último es importante mencionar que la conservación de las ambientes silvestres es una actividad que  debe proponer alternativas frente a la idea de la naturaleza como amenaza, vista en las descripciones anteriores y aún vigentes. Entre otros factores, deben mencionarse los peligros antiguos (González Bernáldez, 1985) ya no vigentes que heredamos a partir de épocas cuando una tormenta, un gran carnívoro o el relieve en el territorio nos resultaban hostiles y por lo tanto debíamos dominar la naturaleza. Estas observaciones nos indican que las descripciones tuvieron sesgos generados por miedos o prejuicios que hoy podríamos desterrar para restaurar estos paisajes. Esta es una misión para las generaciones del presente y futuras como desafío de gran escala para la que la reflexión que integre aspectos culturales diversos es imprescindible.


Vegetación actual en el área


Actualmente, el paisaje descripto se encuentra modificado en su mayor extensión, ya sea debido a la desaparición de la vegetación, a los cambios del relieve mediante rellenos o decapitación de capas arables, a la fragmentación de los sectores remanentes al interrumpirse los corredores o a la transformación de los cursos de agua (rectificaciones, entubados, cambios de bordes). Vale decir, que los cambios también alcanzan los casos de áreas protegidas, debido a las invasiones biológicas que transformaron el aspecto de las formaciones naturales con árboles que cambian el perfil de pastizales y matorrales o son de mayor altura que los bosques nativos, con plantas que fructifican en épocas diferentes aportando colores nuevos o simplemente –y más frecuente- con el desplazamiento de las especies nativas debido al avance de las adventicias.
El paisaje ha sufrido cambios más profundos que los propios de la vegetación a partir de las modificaciones humanas que han introducido neogeoformas, neosuelos, neoredes de escurrimiento y neoecosistemas numerosos (Morello y Matteucci, 2001).

Las áreas naturales remanentes que presentan mayor valor por los elementos y procesos que conservan son la del norte del área de trabajo de esta publicación (Reserva Otamendi, campos de Escobar y el Delta en general); algunas reservas y áreas vacantes sin uso definido en el sur de la ribera metropolitana (desde La Plata y sobretodo hacia el sur en el Parque Costero del Sur) y hacia el oeste algunas reservas (la Reserva Municipal Los Robles en Moreno o La Reserva Municipal del Pilar) y más comúnmente y de superficies mayores, encontramos áreas rurales modificadas pero que funcionan como hábitat para los organismos silvestres (Moreno, Pilar, Escobar). Como sitios educativos son muchos los muestrarios pequeños en la propia ciudad de Buenos Aires (Reserva Ecológica Costanera Sur y Reserva Ciudad Universitaria) o en los distritos de los alrededores (Reserva Municipal Vicente López en ese partido o Refugio Ribera Norte en San Isidro).
Paralelamente varios municipios tienen tierras potenciales para reserva y áreas prioritarias para conservar que deberían formalizar a fin de sumarse a la red incipiente que permita flujos de genes entre las poblaciones aisladas.
Las invasiones biológicas son procesos en los que todos somos protagonistas, ya que el cultivo de plantas ornamentales o el transporte de semillas o gajos de viajes significa la introducción de problemas potenciales como los que se observan actualmente. Son muchas las plantas arbóreas utilizadas sólo como decoración por el porte (por ejemplo acacia negra, álamos, fresnos y sauces introducidos) y muy abundantes los ejemplos de plantas arbustivas que se plantan para cercos (como en los casos de cotoneaster, crataegus, ligustrina y ligustro), las que pueden reemplazarse por especies nativas o introducidas que no se comporten como adventicias en América Latina. Si bien la mejor forma de aportar a la conservación del paisaje local es conservando remanentes, restaurando áreas modificadas y reintroduciendo especies autóctonas donde desaparecieron, el hábito de evitar plantas invasoras y controlarlas, mantiene los ambientes remanentes en estados más saludables y sustentables. Como ejemplos se enumeran las plantas más frecuentes y a continuación otras menos abundantes pero que han comenzado a invadir en las últimas décadas:

Especies muy frecuentes y agresivas

Nombre científico
(orden alfabético)
Nombre vernáculo
Familia
Origen
Acer negundo
arce
Aceraceae
América del Norte
Arundo donax
caña de castilla
Gramineae
Europa
Broussonetia papyrifera
morera de papel
Moraceae
China y Japón
Fraxinus excelsior
fresno europeo
Oleaceae
Europa
Fraxinus pennsylvanica
fresno americano
Oleacea
América del Norte
Gleditsia triacanthos
acacia negra
Leguminosae
América del Norte
Hedera helix
hiedra
Araliaceae
Europa
Iris pseudacorus
lirio español
Iridaceae
Europa
Laurus nobilis
laurel europeo
Lauraceae
Mediterráneo
Ligustrum lucidum
ligustro
Oleaceae
China
Ligustrum sinense
ligustrina
Oleaceae
China
Lonicera japonica
madreselva
Caprifoliaceae
Asia
Maclura pomifera
maclura
Moraceae
América del Norte
Melia azedarach
paraíso
Meliaceae
Asia
Morus alba
morera blanca
Moraceae
China
Phoenix canariensis
fénix
Palmae
Islas Canarias
Pyracantha crenulata

Rosaceae
Europa y Asia
Robinia pseudo-acacia
acacia blanca
Leguminosae
América del Norte
Rubus ulmifolius                          
zarzamora     
Rosaceae
Europa
Salix alba
sauce blanco
Salicaceae
Europa, Asia y N. De Africa
Ulmus pumila
olmo
Ulmaceae
Asia

Especies que aparecen ocasionalmente o menos agresivas:
Nombre científico
(orden alfabético)
Nombre vernáculo
Familia
Origen
Acacia melanoxilon
acacia negra
Leguminosae
Australia
Arum italicum

Araceae
C. del Mediterráneo
Berberis  pruinosa

Berberidaceae
China
Canna coccinea
achira
Cannaceae
América tropical
Casuarina cunninghamiana
casuarina
Casuarinaceae
Australia
Celtis australis
almez
Ulmaceae
Europa, N. De África y Asia.
Chrysanthemum leucanthemum
margarita
Compositae
Europa
Cinnamomum granduliferum
alcanforero
Lauraceae
Himalaya
Cotoneaster franchetti

Rosaceae
Asia
Cotoneaster glaucophylla

Rosaceae
China
Elaeagnus pungens
olivo de Bohemia
Elaeagnaceae
Japón
Eucalyptus camaldulensis

Myrtaceae
Australia
Pinus elliottii
pino
Pinaceae
América del Norte
Pittosporum tobira
Azarero
Pittosporaceae
Asia
Populus alba
álamo
Salicaceae
Asia
Quercus palustris
roble de los pantanos
Fagaceae
América del Norte
Quercus robur
roble europeo
Fagaceae
Europa
Robinia pseudo-acacia
acacia blanca
Leguminosae
América del Norte






 Anexo I: ESPECIES ÚTILES DESTACADAS

algarrobo blanco (Prosopis alba) Leguminosas
Forma de vida: árbol muy longevo de gran porte.
Usos: ornamental, para sombra en viviendas rurales, para leña, forrajero, comestible (Con la chaucha denominada algarroba se elaboran bebidas –arrope, aloja- y alimentos –patay-). Madera pesada, útil y corteza con propiedades curtiembres y tintóreas (Dimitri et al., 2000). Medicinal (laxante, astringente, diurético, entre otras aplicaciones) (Alonso y Desmarchelier, 2005). Muy importante para la cultura regional, presente en el cancionero folclórico, mitos, leyendas y costumbres populares de varias provincias argentinas.

anacahuita, arrayán de las islas (Blepharocalyx salicifolius) Mirtáceas
Forma de vida: árbol perennifolio de hasta 6-8 metros de altura
Usos: ornamental y medicinal -para vías respiratorias- (Ratera y Ratera, 1980). Se utilizan 20 gramos de follaje por litro de agua en cocimiento que se bebe 4 tazas por día (Lahitte y Hurrel, 1994). Los frutos se usan en bebidas alcohólicas para preparar aperitivos que también son tónicos (Alonso y Desmarchelier, 2005). Para carbón (Lahitte y Hurrel, 1998).

azota caballos, caá obetí, Francisco Álvarez (Luehea divaricata) Tiliáceas  
Forma de vida: árbol de follaje tardíamente caduco, de hasta 12-15 metros de altura.
Usos: ornamental. Madera  valiosa para carpintería, aunque no se recomienda para intemperie (Dimitri et al., 2000). Medicinal: sedante, tónica, antidiarreica y digestiva (Alonso y Desmarchelier, 2005). También hepática  (Lahitte y Hurrel, 1998).

Ceibo, seibo, zuinandí (Erythrina crista galli) Leguminosas
Forma de vida: árbol caducifolio con aguijones, de hasta 8-10 metros de altura.
Usos: ornamental. Madera útil (Dimitri et al., 2000). Tintórea –flores-(Marzocca, 2009). Medicinal: antitusígena, anticaspa y cicatrizante, entre otros usos (Alonso y Desmarchelier, 2005).

chal-chal, kokú (Allophyllus edulis) Sapindáceas
Descripción: árbol perennifolio de 5-6 metros de altura.
Usos: ornamental. Medicinal (Toursarkissian, 1980), se usa para tratamientos de problemas hepáticos y biliares (Sawchuk Kovalchuk, 2006). Las hojas se agregan al tereré en el litoral y se usan para hacer aloja de chal chal (Lahitte y Hurrel, 1997).

coronillo (Scutia buxifolia) Ramnáceas  
Forma de vida: árbol o arbusto de porte corpulento.
Usos: ornamental: ideal para cercos. Tintórea –madera y frutos- (Marzocca, 2009). Madera dura, útil para postes y para leña (Lahitte y Hurrell, 1997).

espinillo, aromito, aromo, churqui (Acacia caven) Leguminosas
Forma de vida: árbol caducifolio, espinoso, proterante
Usos: ornamental, medicinal y forestal. Para leña y carbón. Perfumífera. Tintórea –se utilizan los frutos- (Marzocca, 2009).

junco (Schoenoplectus californicus -Scirpus californicus-) Cyperáceas 
Forma de vida: planta herbácea rizomatosa palustre.
Usos: ornamental. Para fabricación de esterillas, cortinas, asientos, entre otros. Medicinal (Xifreda, 1992)

laurel criollo (Ocotea acutifolia) Lauráceas
Forma de vida: árbol de gran porte y copa globosa.
Usos: madera útil. Melífera. Ornamental. Posee aceite esencial, saponinas y resinas aromáticas (Lahitte y Hurrell, 1997).

lecherón, curupí (Sapium haematospermum) Euforbiáceas 
Forma de vida: árbol, de porte mediano y copa globosa. Usos: ornamental. El látex que posee es utilizado como adhesivo. Medicinal –antiodontálgico-  (Toursarkissian, 1980). Madera útil. Durante la segunda guerra se ensayó el aprovechamiento industrial del caucho del látex, pero resulto costoso y dificultoso, aunque se fabricó una cubierta para automóviles en forma piloto (Lahitte y Hurrell, 1997). Para esculturas y fabricación de instrumentos musicales –violines- (Dimitri, 1980). En Brasil se usan las semillas para elaborar un veneno contra ratas (Biloni, 1990).

mburucuyá, pasionaria (Passiflora caerulea) Pasifloráceas  
Forma de vida: planta trepadora por medio de zarcillos y tallos volubles.
Usos: ornamental. Frutos comestibles. Medicinal (sedante). También para tos (hojas) y para golpes y contusiones, entre oras aplicaciones (Toursarkissian, 1980). También se usa el follaje para hongos de la piel (Kossmann y Vicente, 2005).

ñapinday, uña de gato (Acacia bonariensis) Leguminosas
Forma de vida: arbusto caducifolio trepador por medio de aguijones.
Usos: ornamental, plantada para cercos vivos. Medicinal: cicatrizante (Xifreda, 1992).

ombú (Phytolacca dioica) Fitolacáceas  
Forma de vida: árbol de gran porte, de follaje caduco.
Usos: ornamental. Medicina popular: se usa como drástico, cicatrizante y coagulante. Se utiliza para la fabricación casera de jabón (Xifreda, 1992).

palo amarillo (Terminalia australis) Combretáceas
Forma de vida: árbol de 6-10 metros de altura.
Usos: ornamental y forestal (Xifreda, 1992). Su madera es útil para pequeños objetos, de color amarillo y textura fina, moderadamente pesada (Dimitri et al., 2000). Medicinal: astringente, digestivo y descongestivo hepático (Alonso y Desmarchelier, 2005). Madera para carbón. Corteza con taninos (Lahitte, et al., 1999).

pindó (Syagrus romanzoffiana -Arecastrum romanzoffianum) Palmeras –Arecáceas-
Forma de vida: palmera de hasta 10- 20 metros de altura.
Usos: ornamental y frutos comestibles. Medicinal –raíces utilizadas como anticonceptivo- (Toursarkissian, 1980). Los estípites para construcciones rurales, los cogollos comestibles (se usan como palmito) y las hojas  para tejidos (Sawchuk Kovalchuk, 2006).

tala, tala blanco (Celtis ehrenbergiana -C. tala-) Celtidáceas (Ulmáceas)
Forma de vida: árbol caducifolio espinoso de hasta 6-8 metros de altura.
Usos: ornamental y medicinal. Leña combustible. Madera dura y pesada, útil para cabos de herramientas (Dimitri et al., 2000). Tintórea –raíz- (Marzocca, 2009).

timbó, pacará, oreja de negro (Enterolobium contortisiliquum) Leguminosas
Forma de vida: árbol de follaje caduco de caída tardía.
Usos: ornamental. Madera útil, liviana (Dimitri et al., 2000). También para cajonería y colmenas. Frutos y follaje usado como forraje (Sawchuk Kovalchuk, 2006). Empleada en medicina popular para la caspa. Contiene saponinas y sirve para lavar. También posee taninos por lo que se podría aplicar para curtir  (Xifreda, 1992).


Anexo II: ÁRBOLES RIOPLATENSES

ESPECIE
FAMILIA
NOMBRE VULGAR

1.                 
Acacia caven
Leguminosas
aromo; espinillo

2.                 
Allophyllus edulis
Sapindáceas
chalchal

3.                 
Blepharocalyx salicifolius
Mirtáceas
anacahuita

4.                 
Celtis ehrenbergiana (C. tala)
Ulmáceas
tala

5.                 
Citharexylum montevidense
Verbenáceas
espina de bañado; tarumá

6.                 
Enterolobium contortisiliquum
Leguminosas
timbó; pacará, oreja de negro

7.                 
Erythrina crista-galli
Leguminosas
ceibo: seibo

8.                 
Eugenia uruguayensis
Mirtáceas
guayabo blanco

9.                 
Ficus luschnathiana
Moráceas
ibapohé; higuerón

10.               
Geoffroea decorticans
Leguminosas
chañar

11.               
Guettarda urugüensis
Rubiáceas
palo cruz; jazmín del Uruguay

12.               
Inga uraguensis (I. verna subsp. affinis) 
Leguminosas
ingá

13.               
Jodina rhombifolia
Santaláceas
sombra de toro

14.               
Lonchocarpus nitidus
Leguminosas
lapachillo

15.               
Luehea divaricata
Tiliáceas
azota caballo

16.               
Maytenus ilicifolia
Celastráceas
congorosa; sombra de toro

17.               
Maytenus vitis – idaea
Celastráceas
-

18.               
Mimosa pilulyfera
Leguminosas
Mimosa; rama negra

19.               
Myrsine laetevirens
Mirsináceas
canelón

20.               
Myrsine parvula
Mirsináceas
canelón

21.               
Nectandra angustifolia
Lauráceas

22.               
Ocotea acutifolia
Lauráceas
laurel criollo

23.               
Parkinsonia aculeata
Leguminosas
cina cina

24.               
Phytolacca dioica
Fitolacáceas
ombú

25.               
Poecilanthe parvifolia
Leguminosas
lapachillo

26.               
Pouteria salicifolia
Sapotáceas
mata ojo

27.               
Prosopis alba
Leguminosas
algarrobo blanco

28.               
Salix humboldtiana
Salicáceas
sauce criollo

29.               
Sapium haematospermum
Euforbiáceas
curupí; lecherón

30.               
Schaefferia argentinensis
Celastráceas

31.               
Schinus engleri
Anacardiáceas
-

32.               
Schinus longifolius 
Anacardiáceas
molle

33.               
Scutia buxifolia
Ramnáceas
coronillo

34.               
Sebastiania brasiliensis
Euforbiáceas
lecherón, blanquillo

35.               
Sebastiania commersoniana      
Euforbiáceas
blanquillo

36.               
Senna corymbosa
Leguminosas
sen del campo

37.               
Symplocos uniflora
Simplocáceas
Azahar o jazmín del monte

38.               
Solanum granuloso-leprosum
Solanáceas
fumo bravo

39.               
Syagrus romanzoffiana
Palmeras
pindó

40.               
Terminalia australis
Combretáceas
palo amarillo

41.               
Tessaria integrifolia
Compuestas  
aliso de río

42.               
Zanthoxylum rhoifolium (Fagara rhoifolia)
Rutáceas
tembetarí

43.               
Zanthoxylum fagara (Fagara hyemalis)
Rutáceas





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Gabriel Burgueño

Mayo de 2011.

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Información sobre la carrera
http://www.umsa.edu.ar/artes/paisaje-presentacion/

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