Por ahora compartimos un texto de Vegetación y paisaje regional que espero sea útil...
gracias,
Gabriel Burgueño
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Salida a la Reserva Municipal Los Robles
el miércoles 3 de junio visitamos la reserva y la naciente del Río de la Reconquista.
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Vegetación originaria y modificaciones hacia nuestros días
Salida a la Reserva Municipal Los Robles
el miércoles 3 de junio visitamos la reserva y la naciente del Río de la Reconquista.
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Vegetación originaria y modificaciones hacia nuestros días
Gabriel Burgueño. Cuerpo Municipal de Guardaparques. Reserva Municipal Los Robles, Benito Juárez y Williams (s/n), La Reja (1744), Moreno, Provincia de Buenos Aires. gabrielburgue@yahoo.com.ar / www.moreno.gov.ar
“De camino a mi casa
acerté a pasar junto a una quinta y allí tuve...
otra sorpresa, al darme con una especie de sucursal de la aurora: dos
ceibos en plena floración,
tan desaforadamente hermosos en su ruborosa inocencia que gruñí para
mis adentros:
¿Qué es, junto a esto sino mero disfraz, la púrpura de emperadores y
cardenales?
Años más tarde pude navegar el Paraná,
y los ceibos en flor de sus orillas sugerían a
mi imaginación alucinada
no sé qué figura de una roja vincha
ciñendo la frente del gran río, cacique de las
aguas.”.
Franco,
1978.
Introducción
La vegetación
originaria se ha borrado casi completamente del paisaje urbano de las ciudades
de gran escala en todo el mundo. En el Área Metropolitana de Buenos Aires, no
se han hecho demasiadas excepciones y salvo pequeños remanentes, los bosques, matorrales,
pajonales y pastizales han desaparecido.
Las plantas, junto a
otros aspectos del paisaje natural,
proveen de servicios ambientales numerosos, tales como regulación
climática; regulación de gases atmosféricos; filtro y almacenamiento de agua
potable; conservación de biodiversidad general (por ejemplo como refugio de
animales silvestres y hábitat de plantas silvestres); conservación del recurso suelo; protección de
la fisonomía local como recurso paisajístico, turístico; posibilidades de
escenarios de educación ambiental, entre otros. De este modo, conocer los
elementos clave del paisaje y
reflexionar sobre sus valores, son los primeros pasos para conservarlo.
El paisaje
puede definirse como el arreglo en que se presentan espontáneamente los
elementos –entre los que se destacan la vegetación, el relieve y los aspectos
geomorfológicos- de un espacio, determinando las posibilidades de uso. Según
autores con la mirada de la ecología del paisaje (Forman y
Godron, 1986), este arreglo se
verifica a partir de los sitios –parches- que se repiten en un espacio mayor
–matriz- y se conectan gracias a sistemas lineales –corredores-. Con esta perspectiva
puede describirse una región en relación del estado de los parches que
funcionen como hábitat; la matriz y su hostilidad hacia la vida silvestre y los
corredores con el grado de conectividad que aporten a los parches.
La vegetación
puede describirse en función de las comunidades –grupos de especies que
conviven en un parche con rasgos propios de frecuencia de cada una, estratos,
cobertura, entre otros- que representan en el área de estudio ecorregiones
diferentes. Paralelamente podemos enumerar los elementos de la flora
local por medio de los números de especies, familias y otros grupos; status de
conservación; potencialidades de uso; origen y distribución.
La fisonomía
que surge de los tipos de plantas que predominan en el área tratada –árboles, arbustos,
hierbas- generó una percepción diversa que ha construido un imaginario del
paisaje originario, por lo cual se la describe a partir de fuentes diversas a
modo de reflexión sobre las valoraciones que posee. Así, en este aporte nos
proponemos describir el paisaje originario y algunas de sus virtudes, como
forma de reconocer la necesidad de jerarquizarlo.
Vegetación de la región
En una escala general,
la vegetación de la región metropolitana se vincula con la Pampa, con la
llanura y esta área, se halla incluida en la región Pampeana según diversos
autores como Cabrera y Willink (1973), Cabrera (1994) o en la ecorregión Pampa,
según la Administración de Parques
Nacionales (1999). En relación a las divisiones de la región pampeana, el área
de trabajo puede ubicarse en la subregión Pampa ondulada (Soriano, et al., 1992), aunque el extremo sur de
esta zona, incluye a la transición con la subregión Pampa deprimida (Vervoorst,
1967). Sin embargo, al enfocar el área de trabajo con mayor detalle, la
ciudad de Buenos Aires y alrededores, se ubica en una “encrucijada biogegráfica”, donde se enlazan elementos de la Selva
Austrobrasileña (Paranaense o Delta), del Espinal y pampeana (Matteucci, et al., 1999). Esta transición se
comprueba al recorrer los remanentes naturales con pastizales y pajonales
(Pampa), bosques caducifolios con espinas como el talar, algarrobal o
espinillar (Espinal) y vegetación selvática como los bosques y selvas ribereños
en las márgenes de ríos y arroyos (Delta e Islas del Paraná). En el cuadro
siguiente se observan las regiones naturales de la provincia de Buenos Aires y
las denominaciones según autores.
Regiones
fitogeográficas
(Parodi, 1945)
|
Regiones
Fitogeográficas
(Cabrera, 1994 y Matteucci et al.,
1999)
|
Ecorregiones
(Brown y Pacheco, 2006)
|
||
Región
|
Provincia
|
Distrito
|
Subdistrito
|
Ecorregión
|
Estepa pampeana
|
Pampeana
|
Uruguayense
|
Pampa
|
|
Pampeano oriental
|
||||
Selva misionera
|
Selva paranaense
|
De las selvas mixtas
|
Delta e Islas del Paraná
|
|
Bosque Pampeano
|
Espinal
|
Del algarrobo
|
Del tala
|
Espinal
|
Monte oriental
|
Monte
|
Monte de llanuras y mesetas
|
||
Una forma de estudiar
la vegetación es por medio de las comunidades, ya que estos grupos de especies
se repiten en el espacio y en el tiempo e indican un funcionamiento natural que
trasciende la especie. Tal es el caso del bosque de tala rioplatense, que
incluye varias especies –más de 10 especies de árboles, varios arbustos,
trepadoras y herbáceas- e incluso en las formaciones con suelos de conchilla
–al sur de La Plata- el tala es acompañado en la misma proporción de coronillos
o esta última es la planta que domina. Lo mismo ocurre en los bosques
ribereños, donde un ceibal es mucho más que varios ejemplares de ceibos, ya que
este bosque tiene otras especies, un arreglo espacial, cobertura, estratos,
permanencia o caducidad de follajes, colores, alturas y otros rasgos que le son
propios.
Existe un mito muy
difundido sobre la ausencia de árboles en el área rioplatense, sin embargo son
varias las comunidades arbóreas que podemos enumerar y que se conservan aún en
el área. En el anexo II se presenta un listado de árboles rioplatenses y a
continuación se muestran las comunidades principales incluyendo las compuestas
por árboles y otros grupos.
Comunidad
|
Especies
|
Algarrobal
|
Bosque de Prosopis alba
|
Bosques de aliso
|
Bosque de
Tessaria integrifolia
|
Camalotales
|
Comunidad flotante de Eicchornia
crassipes
|
Ceibal
|
Bosque de Erythrina crista galli
|
Césped ribereño
|
Comunidad de Stenotaphrum
secundatum y Zephyranthes candida,
entre otras herbáceas
|
Chilcales
|
Matorrales de Baccharis spp.
|
Comunidades acuáticas flotantes
|
Comunidades flotantes de Lemna sp.
y Salvinia sp., Pistia stratiotes, entre otras
|
Espinillar
|
Sabana de Acacia caven
|
Estepas o pseudoestepas
|
Formaciones de Bothriochloa
laguroides + Stipa spp. + Piptochaetium
spp.
|
Estepa halófita
|
Formaciones de Distichlis
spp.
|
Flechillar
|
Formaciones de Stipa spp.
|
Juncal
|
Formaciones de Schoenoplectus
californicus
|
Matorrales ribereños
|
Formaciones de Sesbania spp.
+ Phyllanthus sellowianus + Mimosa
spp.
|
Pajonales
|
Formaciones de Scirpus
giganteus; de Paspalum
quadrifarium; entre otros
|
Pindosales
|
Palmares de Syagrus romanzoffiana
|
Sauzal
|
Bosque de Salix humboldtiana
|
Selva marginal
|
Formaciones de Allophyllus edulis; Ocotea acutifolia; Pouteria
salicifolia y Sebastiania brasiliensis, entre otras
|
Talar
|
Bosque de Celtis ehrenbergiana
|
Contamos este perfil
de la naturaleza ya que las comunidades hacen a un aspecto imprescindible a la
hora de restaurarla o conservarla, partiendo del entorno en el que vive una
especie a considerar.
Flora de la región
Si bien el área que
trata este libro trasciende al área metropolitana, enmarcándose en lo que
podríamos llamar región rioplatense (Sur de Brasil, Uruguay y centro-este de
Argentina), no debe confundirse el mapa político del país con las ecorregiones.
En este sentido sumamos un cuadro de ecorregiones y los sinónimos principales
según autores (ver en el apartado Vegetación de la región). Aún así, a efectos
de describir la flora local, podemos recurrir a la escala de provincia, de
donde surgen los análisis de números de especies espontáneas (según Zuloaga et al., 1999):
SILVESTRES
|
ENDÉMICAS
|
GRAMÍNEAS
|
COMPUESTAS
|
LEGUMINOSAS
|
|
N° ESPECIES
PAIS
|
9690
|
1906
|
1204
|
1498
|
737
|
N° ESPECIES
Provincia de Buenos Aires
|
2172
|
185
|
412
|
333
|
131
|
La flora argentina, es
de gran riqueza, con más de 9.690 especies de plantas vasculares, de las que
sólo se comparten números relativamente bajos con países limítrofes - 445 con Brasil;
1.594 con Chile; 346 con Paraguay y 238 con Uruguay- y alberga más de 1900
especies de endemismos, es decir plantas que se hallan exclusivamente en el
país (Zuloaga et al., 1999).
El área urbanizada de
la Ciudad de Buenos Aires y alrededores, coincide con la tratada por Cabrera y
Zardini en el Manual de la flora de los alrededores de Buenos Aires (Cabrera y
Zardini, 1978) obra en la que se incluyen más de 1.700 especies y la biota
presente se vincula con la tratada por Hurrell al dirigir la Flora Rioplatense
(Hurrell, 2008). Como se observa en el cuadro, la provincia de Buenos Aires,
posee alrededor de 2.172 especies, de las cuales, 185 son endémicas (Zuloaga et al., 1999), números de especies que
alcanzan para imaginar la potencialidad de plantas útiles para el ser humano y
como desafío para la conservación. Son numerosas las especies con valores
utilitarios, como las plantas medicinales, comestibles y melíferas (Martínez Crovetto, 1948; Parodi, 1934; Xifreda, 1992),
tintóreas (Marzocca, 2009) y textiles (Luna
Ercilla, 1977), entre otros. También existe una lista importante de
especies con potencialidades forestales (con datos destacados en Cozzo, 1975) y
ornamentales, estudiadas por numerosos autores (Babetti, 1982; Barbetti, 1995; Haene y Aparicio, 2001; Jankowski
et al. 2000; Lahitte et
al. 1997 y 1998; Muñoz et al., 1993; Talice Lacombe, 1993; Césere, et al., 1997; Valla et al.,
1999; Valla et al., 2001; Burgueño y
Nardini, 2009; Chebez y Masariche, 2010). Algunas familias como las gramíneas,
además de poseer valores agronómicos destacados –como cereales o forrajeras-
son ornamentales (Rúgolo de Agrasar y
Puglia, 2004; Rúgolo de Agrasar et
al., 2005) y otorgan aspectos relativos a la identidad y caracterización
del paisaje local, dado que los pastos son las plantas que más caracterizan a
la región. Efectivamente uno de los grupos de plantas útiles, es una de las
familias más representadas en la provincia, es decir las Gramíneas (Poaceae) con más de 410 especies, a las
que siguen las Compuestas (Asteraceae)
con 333 y las Leguminosas (Fabaceae)
con 131 especies (Zuloaga et al.,
1999). En el anexo I se incluyen algunas de las especies principales de plantas
con valores utilitarios con sus datos de usos más destacados.
De las especies
locales, debemos prestar atención especial a las que cuentan con algún grado de
riesgo, tales como las amenazadas y endémicas que deben
ser una prioridad de conservación y cultivo en reservas, jardines botánicos,
viveros de conservación, arboretums y otros ámbitos similares. Son varios los casos conocidos de plantas
cuyas poblaciones son naturalmente reducidas o que se han destruido sus
localidades de hábitat, entre los que podemos nombrar el ombusillo (Phytolacca tetramera) que
al ser exclusivo de la provincia (endémico) su conservación local es
imprescindible para evitar que desaparezca del globo. Otros casos se presentan
con plantas de distribución más amplia (varias provincias o incluyendo países
limítrofes) pero cuyas poblaciones de la región de estudio se encuentran en peligro.
Así ocurre con árboles como los algarrobos (género Prosopis) que ocupaban
bosques puros o acompañaban talares, de los que quedan áreas mínimas en la actualidad.
A continuación se
enumeran especies amenazadas para la Provincia de Buenos Aires (según Villamil et al. 1996), como un
modo de visualizar prioridades y ejemplos didácticos de conservación:
1. Adesmia
bonariensis
2. Adesmia
pampeana
3. Adesmia
pseudogrisea
4. Astragalus
argentinus
5. Astragalus
bonariensis
6. Baccharis
divaricata
7. Baccharis
penningtonii
8. Baccharis
phyteuma
9. Baccharis
tandilensis
10. Bromus
bonariensis
11. Conyza
serrana
12. Cyperus
berroi
13. Cyperus
meridionalis
14. Eupatorium
cabrerae
15. Festuca
pampeana
16. Festuca
ventanicola
17. Grindelia
aegialitis
18. Grindelia
ventanensis
19. Gymnocalycium
platense
20. Habranthus
barrosianus
21. Habranthus
martinezzi
22. Hickenia
scalae
23. Hieracium
burkartii
24. Hieracium
chacoense
25. Hieracium
tandilense
26. Hordeum
erectifolium
27. Koeleria
ventanicola
28. Mimosa
tandilensis
29. Modiolastrum
australe
30. Neosparton
darwinii
31. Nierembergia
ericoides
32. Nierembergia
tandilensis
33. Phytolacca
tetramera
34. Plantago
bismarckii
35. Plantago
dielsiana
36. Plantago
tandilensis
37. Plantago
ventanensis
38. Poa
iridifolia
39. Poa
schizantha
40. Polygala
ventanensis
41. Senecio
arechavaletai
42. Senecio
bravensis
43. Senecio
leucopeplus
44. Senecio
tandilensis
45. Senecio
ventanensis
46. Sisymbrium
ventanense
47. Stipa
curamalalensis
48. Stipa
ventanicola
49. Tillandisia
bergerii
50. Vicia
platensis
Afortunadamente existe información abundante sobre
la composición de las comunidades locales –citadas en el apartado de Percepción y
fisonomía del paisaje originario-, recabada gracias a botánicos y naturalistas
que describieron el paisaje antes de la destrucción masiva, contando así con
metas para reintroducirlo allí donde se encuentra ausente.
Percepción y fisonomía del paisaje originario
El paisaje local
fue descripto por viajeros, botánicos, naturalistas, autores de literatura
gauchesca, artistas del folclore, entre otros actores que tuvieron
sensibilidades diferentes y cada uno a su manera aportó miradas hacia la
construcción de la percepción del entorno.
La región
metropolitana se encuentra en la planicie pampeana, un paisaje originariamente
modelado por sistemas fluviales, aunque lo que han llegado hasta nuestros días
son vestigios de estas geoformas. A fin
de ordenar estas citas, las agruparemos según correspondan a descripciones de
llanura, barranca, o ribera, como forma de plantear un paralelo con la pampa
–pastizales de los llanos-, el espinal –bosques de barrancas- o la selva -y
vegetación del delta del Paraná y la ribera del Río de la Plata-.
Para empezar,
tomemos la pampa y para escribir sobre la fisonomía es inevitable recurrir a las subjetividades de quienes lo
describieron, por lo cual parte de las frases están teñidas de valoración y no
son sólo enumeraciones de elementos del territorio. Las maneras de percibir
este espacio quedaron registradas en aportes diversos, tales como los que
siguen:
“El camino atravesaba una Pampa de excelentes pastizales. En aquella
estación, la hierba, de intenso verdor, crecía esplendorosa y toda la extensión
que los ojos abarcaban parecía una alfombra de terciopelo verde oscuro donde se
esparcían las flores doradas de la primavera. Muy cerca, y a nuestro alrededor,
los hongos de color blanco cubrían el suelo. No se veían árboles —a excepción
de uno o dos que se divisaban junto a una casa— pero las casas son pocas,
debido a la escasez de población”
(Mac
Cann, [1853] 1969).
Así vemos este ambiente como fisonomía más abarcadora,
a la que otros autores indican los
recursos que encontraron para sobrevivir:
“El agua ya era aquí dulce, pero el mar tan grande que no podía
convencerme de que fuese río. Había en tierra muchos venados, y caza, que
cogíamos, y huevos de avestruz, y avestruces pichones muy sabrosos; en la
tierra hay mucha miel, y muy
buena, y encontrábamos tanta, que la dejábamos; hay cardos que son buenos como
alimento y la gente se holgaba comerlos.
Y como nos pareció a todos que podíamos morirnos, determiné seguir adelante, y
el viento estaba del sud-este y el
tiempo bueno, y de noche había luna”
(Pero Lopes de
Souza, [1531],
1927 Citado por Busaniche, 1971).
Algunas especies
fueron de hecho presencias importantes al paso:
“A
propósito de carda, (…) es un
gran recurso en el campo. Su leña no es fuerte, pero arde admirablemente. Es
cómo yesca, y las bellotas cuando se queman forman unos globulitos preciosos
que parecen fuegos artificiales y distraen en sumo grado la imaginación.
Alrededor de un fogón de carda puede uno quedarse horas enteras entretenido,
viendo al fuego devorar sin saciarse con pasmosa rapidez cuanta leña se le
echa, brillar y desaparecer las bellotas incandescentes como juegos diamantinos. La carda tiene
otra virtud recóndita. Cuando el caminante fatigado de cansancio y apurado por
la sed, encuentra una carda frondosa, se detiene al pie de ella, como el árabe
en el fresco oasis. Arranca el tallo, y en el alvéolo que queda entre las hojas
encuentra siempre gotas de agua cristalina, fresca y pura, que son el rocío de
la noche guarecido allí contra los inclementes rayos del sol”
(Mansilla, [1870] 1966).
Los viajeros
registraron tempranamente la presencia de elementos de modificación antrópica:
“Las
Pampas tienen 900 millas de ancho, y la parte que recorrí, aunque en igual
latitud, está dividida en regiones de clima y producción diferentes. Dejando
Buenos Aires, la primera de estas regiones está cubierta de 180 millas con
trébol y cardos; la segunda región, de unas 400 millas, produce pajas y
espartillo; y la tercera región, que llega al pie de la cordillera es monte de
árboles bajos y arbustos”
(Head, 1825).
Hasta Sarmiento que en Facundo se refería al
“desierto” como mal que aqueja al país por medio de las inmensidades, rescata
algunas virtudes del ambiente local:
“El campo que habíamos atravesado
(...) está cubierto, como una tupida e impenetrable alfombra, de los pastos más
exquisitos, predominando la cola de zorro, la cebadilla (...) La costa del río
está a diez leguas, y estos pasteles exquisitos llegan hasta la barranca”
(Sarmiento, [1852] 1957)
y como sumó también el botánico Martín Doello Jurado (1913):
(…)”Nuestra naturaleza en cambio (la de los alrededores de la Capital) no tiene en su
monotonía aquellos
caracteres sobresalientes; pero, tal como es no deja de ofrecer aspectos
hermosos, — sin hablar de la belleza, más subjetiva que real, de la Pampa.
Sobre todo, si no tiene nada de maravilloso, es siempre interesante, y su
interés reside, precisamente, en ser así como es, y no de otro modo”.
Sobre el “mar de pastos”, Cabrera nos decía al
referirse a los alrededores de La Plata que la forma la:
“Estepa Graminosa (Asociación de Andropogan lagurioides + Piptochaetium
montevidense + Stipa neesiana +
Aristida murina + Stipa papposa). La asociación climax
cubre la mayor parte del Partido, al menos potencialmente. Se extiende sobre
todos los campos altos, generalmente con suelo arcilloso-arenoso ligeramente
ácido (…) Aspecto
vernal. Hacia fines de noviembre y primera mitad de
diciembre las matas de las Stipa y
Piptochaetium dominantes han
alcanzado todo su desarrollo. La estepa, agitada por el viento, semeja ahora
un ondulante mar de pasto, blanco en unas zonas debido a las panojas claras de Stipa charruana, rojizo en otras
gracias a la Aristida murina, y
en otras gris por las inflorescencias de Stipa
papposa y Piptochaetium
bicolor. Como puntos brillantes aparecen las espigas plateadas de
Andropogon laguroides, que ya comienza a florecer, y de tanto en tanto se ven
manchas verdes formadas por las colonias, aún sin flores, de Baccharis
notosergila”
(Cabrera, 1949).
En los registros, la
pampa también fue percibida como enorme, inaprensible, hasta hostil y vacía,
como lo dice Don Segundo Sombra:
“En la Pampa las
impresiones son rápidas, espasmódicas, para luego borrarse en la amplitud del
ambiente sin dejar huella”(…)
(Güiraldes, [1926] 1939).
La
escala del espacio está acompañada por las consecuencias del clima, de las que
se muestra cierto enojo:
“La causa fue, que se alzó un pampero fierísimo, que viene a ser
casi un poniente pero lo llaman pampero porque pasa por una llanura
desmesurada, de novecientas o más millas, que se extiende hasta los altísimos
Montes de la Cordillera que dividen a Chile de la Magallánica y del
Tucumán, y esta llanura o desierto se llama las Pampas; donde no se encuentra ni un montecillo, ni un árbol,
sino sólo yerba (…). Habitan allí todavía innumerables indios,
llamados también Pampas, no
unidos en poblaciones como tierras y aldeas, sino dispersos acá y allá, sin
lugar fijo y sin casas, pues se contentan con cuatro palos con una piel de buey
encima que sólo los defiende de las lluvias”
(Cattaneo y Gervasoni, [1749] 1941).
Pampa
que –en quechua- significa terreno llano sin árboles y en el uso, “(…) el horizonte se mantenía siempre despejado
por temor al indio (…)” (Thays y Bayá Casal, 2004), de donde se entiende
que la idea de hostilidad se asocia con la escala, enfatizada por el riesgo al encuentro con el habitante local. Sin
embargo, el vacío no era tal para los pueblos originarios que recorrían las
pampas, para quienes el paisaje tendría seguramente otros atributos.
“La
Pampa argentina del siglo XVI fue la primera frontera de pastos que encontró el
hombre europeo. El borde de esas grandes llanuras fue contorneado por los
mismos conquistadores que derribaron poderosos imperios indígenas y exploraron
un hemisferio en busca de oro y almas”
(Scobie, [1964] 1968).
La
presencia de nativos se ha tratado durante siglos subrayando el peligro para
los blancos advenedizos, aunque vale decir que otra dimensión es el diálogo con
la naturaleza propio de los habitantes precolombinos. En este aspecto hay
varias hipótesis, pero se concuerda en general con enmarcar las etapas
precolombinas de avance del ser humano sobre el paisaje natural como momentos
de impactos bajos y modificaciones reducidas.
"Sobre esta
superficie tan llana, tan igual, los menores pliegues de terreno cobran
proporciones extraordinarias para la vista” (…)
(Martín
de Moussy,
Descríption géographique et statistique de la Confédératíon Argentina 1860,
citado por Cinti, 2001b).
La
superficie plana en las descripciones
que borran los elementos del paisaje, reduciéndolo a la “nada” ha generado imaginarios de ausencia de
atractivos como cursos de agua, lagunas, ondulaciones del relieve y sobre todo
de árboles –enumerados en el apartado de vegetación- despreciando la diversidad
local y sus potencialidades culturales y utilitarias (esta mirada se la debemos entre otros a: J.
Van Suerk -Citado por Hosne, 1998-; Miers [1826] 1968; Beamont, [1828] 1957; Darwin, [1845] 2007; Mac Cann, [1853] 1969; Woodvine Hinchliff, [1863] 1955); Gaignard, [1979] 1989) y Echeverría tanto en “La cautiva”
([1837] 1984) como en “El matadero” ([1838-40¿?] 1984), los trata como dramas
de frontera, donde naturaleza y frontera son parte de un continuum por el que
se pasa de una dimensión social a la dimensión impuesta: la llanura (Sarlo,
1997), aunque tenemos registros de otros escritores y viajeros sobre los que
puede consultarse a A. Prieto -2003-).
La
fisonomía local derivó en discusiones diversas sobre la vegetación originaria,
donde el predominio de pastizales o bosques ha sido desde siglos atrás asunto
de debates:
“Los científicos no se han podido explicar
aún por qué la Pampa, con un clima húmedo y un suelo excesivamente rico, no ha
producido más que pastos, mientras que las zonas secas y estériles, en su
límite norte, oeste y sur, tienen una vegetación arbórea. Se ha probado ahora
que la conjetura de Darwin de que la extrema violencia del pampero, o viento del sudoeste, no
permitía el crecimiento de los árboles, era infundada debido a la introducción
de los Eucaliptus globulus, ya
que estos nobles árboles adquieren una extraordinaria altura en las Pampas y
tienen un follaje lujuriante, nunca alcanzado en Australia”
(Hudson, [1892] 1984).
El aspecto de la
región metropolitana como también el propia de la región pampeana en general,
ha planteado interrogantes durante mucho tiempo, a partir de los cuales
diversos autores propusieron sus hipótesis (Parodi, 1940a, Parodi, 1940b, Parodi, 1942, Walter, 1967,
Facelli y León, 1986, entre otros), planteando la existencia de bosques sólo en
las áreas paralelas a los ríos –donde se hallan vestigios que han sobrevivido
hasta nuestros días-. Sin embargo, Ellenberg (1962, citado por Facelli y
León, 1986) suponía la existencia de un
bosque como vegetación original con cobertura generosa en gran parte de
las actuales provincias de Buenos Aires y La Pampa y que éste fue reemplazado por la acción de los pueblos originarios. Aunque las dudas permanecen, las áreas
ribereñas incluyen alrededor de 40 especies de árboles o arbustos con hábitos
de arbolito que se citan en la bibliografía de la región (Cabrera y Zardini, 1978; Lahitte y Hurrell, 1994 y
Lahitte et al., 1998, entre otros).
En
las barrancas locales los bosques de talas han sido importantes y descriptos por
los viajeros y habitantes desde tiempos de los primeros viajes, a partir de su
mirada descriptiva, como el caso de Schmidel, quien incluyó grabados en el
diario del viaje al Río de la Plata que muestran árboles que parecen ser talas
(Celtis ehrenbergiana) (según Parodi, 1940a que cita la edición de
1903 de la Bibl. J. Hist. Num. 1 y
Silvestri, 2003 que cita a Difrieri, 1981 al mencionar la tercera edición de 1599). El tala con su
copa despeinada y asimétrica, es un símbolo de la flora bonaerense con
proyectos para declararlo árbol provincial y se encuentra presente en la poesía
y en la memoria de naturalistas locales:
“Porque crecí retorcido
y espinoso como el tala,
se me ha antojado que el árbol
me representa en sus ramas” (…).
(Juan Carlos Chébez, en el prólogo de Mérida y Athor, 2006).
“Mi niñez y
adolescencia transcurrieron, en gran medida,
en una región
rural de Berisso, Los Talas, junto al Río de la Plata.
Tierra aluvial,
negra y con yacimientos de conchilla en albardones paralelos a la costa,
desarrolla en bosque xeromórfico de talas, molles, coronillos y ciña ciñas,
zona apta para cultivo de hortalizas, viñedos y parcelas maderables de sauce.
En ese espacio
voló mi espíritu, tratando de atrapar los mil y un duendes que lo poblaban,
siempre elusivos entre tantos verdes magnánimos y dorados pajonales” (…).
(Klimaitis, 2004).
La región del Espinal –geografía de los
bosques principales de Buenos Aires-, ocupa actualmente más lugar en los libros
de historia que en el mapa y su destrucción comenzó cuando Mendoza plantó su
real entre los talas del Parque Lezama
(Cinti, 1998). Esta ecoregión es además, la cuna del tala, árbol que representa
a la provincia de Buenos Aires y que se cultivó desde temprano para cercos,
tradición impulsada por el jardinero Tweedie en la colonia escocesa de Monte
Grande (Carreño, 1974) con lo cual su reaparición también fue propiciada por el
cultivo. Lo mismo ocurre con otras especies introducidas al cultivo de la mano
de este botánico -contratado con el auspicio de Rivadavia en 1825- tales como Calliandra tweediei y varias verbenas
(Parodi, 1961). Los talares ocupaban las barrancas y las elevaciones de
conchillas en franjas de entre 50 y 300 metros de ancho, próximas a la ribera
en Quilmes, Punta Lara y Berisso y en Villa Elisa se distancia unos 10
kilómetros para bifurcarse en dos brazos al sur de esta localidad, como los ha
graficado Vervoorst (1967). También se presentaban en varias localidades como
la propia ciudad de Buenos Aires, La Plata, Lobos, Martín Coronado, Montes, Moreno, Pacheco,
Santa Catalina, Victoria, entre otras cuyos vestigios fueron descriptos por
Parodi (1940 a). Los talares presentan variedades en su
composición según la localidad y Cabrera describió los propios de los
alrededores de la ciudad de La Plata:
“La riqueza en especies arbóreas
disminuye de norte a sur, de modo que mientras en las barrancas del Paraná
además de las especies dominantes se encuentran algarrobos (Prosopis alba) y chañares (Geoffraea decorticans), a la altura
de La Plata estas especies han
desaparecido, quedando sólo 9 especies arbóreas”
(Cabrera, 1949).
Se
destacan según este botánico, alrededor de Berisso especies como espinillo (Acacia caven), coronillo (Scutia buxifolia) y sombra de toro (Jodina rhombifolia), entre otros. Este
último, el sombra de toro o peje se observa alrededor de
los troncos de tala como hemiparásito (Vervoorst, 1967), aunque también crece sólo si
se lo cultiva aislado. Considerado un aliado en el
campo contra las tormentas, ya que anuncia las lluvias al cerrarse sus hojas y
también protege a quienes se guarecen bajo las copas contra los rayos y el
viento (Demaio et al., 2002). Otra
especie destacada y característica de los talares y de la región en general es
el ombú (Phytolacca dioica), que si
bien crecía en barrancas y en áreas de selva –en la Mesopotamia- debido a su
cultivo en ámbitos rurales desde varios siglos atrás, se lo asocia con la
región pampeana:
“La
vista del árbol llamado hombu es la indicación cierta de una habitación, pues
en cualquier parage donde construyen una choza, plantan uno de estos árboles.
Este árbol es muy grande, pero sirve solo para señal, y dar sombra. Sin
embargo esta es la única clase de árbol, ecepto los frutales, que crece en una
extensión de cincuenta leguas al sur de Buenos Ayres”
(Miller, [1829] 1997).
En efecto esta
percepción lo vincula con la vivienda rural y su entorno, como ejemplo podemos
citar que está presente en el Martín Fierro:
(…) “Después de
mucho sufrir
Tan peligrosa
inquietú,
Alcanzamos con
salú
A divisar una
sierra,
Y al fin pisamos
la tierra
En donde crece el
ombú.” (…)
(Hernández, [1872] 2005).
“El ombú, tan nombrado en la literatura
rioplatense, es una especie autóctona pero no de la Pampa propiamente dicha,
sino de la franja con talares próxima al Río de la Plata hasta Magdalena (…)
(Vervoorst, 1967).
Esta
especie, que si bien no posee grandes atributos como utilitaria, en la
literatura mereció varios elogios,
tal como el que sigue de Sastre, uno de los primeros autores en describir de
modo poético el Delta (Parodi, 1961):
“El
ombú de nuestras costas y el ceibo de nuestros ríos son los primeros objetos
que hieren la vista del extranjero que desde lejanas tierras viene en busca
del metal precioso que da nombre a estas regiones. ¡Dos árboles estériles por
única muestra de las producciones del Río
de la Plata, a las ávidas miradas de los peregrinos que pisan, llenos de
esperanza, (…)!
¡Qué desencantos!
Dos árboles
improductivos, ¿cómo pueden anunciar el suelo más feraz,
el clima más
hermoso de los dos mundos?
Pero que penetre
el extranjero en nuestras Pampas que producen el oro en verdes hebras; que
penetre en nuestras islas que vuelven en pomas de oro las simientes confiadas a su seno, y sabrá estimar aquel
árbol que, después de haberle servido de norte para llegar al puerto deseado,
le ofrece fresca sombra y seguro albergue en medio de los prados pingües que le
han de dar la anhelada opulencia sin más trabajo que el cuidado de un rebaño;
y sabrá estimar aquel otro árbol florido que prepara el terreno fertilísimo que
le dará la riqueza en retorno de un poco de industria y sudor”
(M. Sastre, [1859] 1979).
Y
también presente en la descripción del ámbito rural, como acompañante del
rancho:
“El
ombú es un árbol muy singular; su rápido crecimiento y su espeso follaje lo
hacen muy estimable en una tierra en que los buenos árboles son extremadamente
raros y donde la sombra, para los hombres y para los animales, es por lo
general muy escasa. En campo abierto, será muy rara la estancia, o pulpería, o
casa de posta, que no tenga uno o más ombúes bajo los cuales puede uno atar su
caballo y fumar una pipa según el gusto de cada uno y las circunstancias. Todos
bendicen al ombú como a un amigo. Aunque los humanos están siempre dispuestos a
sacrificar a los amigos, una vez tentados por la ambición o la codicia y el
ombú lleva en esto su ventaja (...) Es un amigo cuya vida y cuya prosperidad
resultan infinitamente más útiles que todo resultado proveniente de su caída o
de su ruina; su enorme tronco no sirve absolutamente para nada, y como su
madera es poco mejor que la pulpa seca de cualquier vegetal; como su corteza se
parece a la piel del elefante, el beneficio que puede prestar el ombú en vida,
es algo indiscutible y nadie espera beneficio alguno con su muerte. La
consecuencia de todo esto es que vive siempre amado por todos y cuando cae
abatido por la furia del pampero, muere realmente lamentado por todos también.
¡Feliz ombú!”.
(Woodvine
Hinchliff, [1863] 1955),
Y no
podía faltar el aporte de Hudson, un amante de este árbol:
“En
tuito el pago, no hallará un árbol tan grandote como este ombú, por más que
ande siete leguas p'ayá o p'acá, levantao solitario, sin una casa al lao; di
ahí que tuito el mundo lo filie como "el ombú" lo mesmo que si fuera
ese solo. Y le dice tamién que esta estancia, abandonada como una tapera, se
yama El Ombú. Si usté se trepa
a la rama más alta, podrá otear, a unas veinticinco cuadras de aquí, de un lao
hasta el otro, la laguna de Chascomús con el poblao en la orilla. En día
despejao alcanzará a ver hasta los puntos más chicos; hasta la raya colorada de
las garzas cruzando las aguas”
(Hudson, [1902] 1979).
Al
igual que el aporte de Marmier:
(…)”El árbol más hermoso del Río de la Plata es
el ombú. Es indígena del país y se desarrolla con una grandeza sorprendente.
Como es de madera muy esponjosa, no puede utilizarse en construcción ni sirve
para combustible. La naturaleza, con admirable previsión, arrojó su semilla en
las inmensas Pampas para que sirviera de abrigo al campesino nómade y
extendiera su sombra sobre los ganados. Su copa redondeada es como un amplio
dosel que preserva al gaucho, lo mismo de las lluvias torrenciales que de los
ardores del sol. Su tronco nudoso, compuesto de membranas enormes, como raíces
que salieran de la tierra, parece un montículo de roca. Puede medir uno de
estos árboles que tenía en su base no menos de cuarenta y cinco pies de
circunferencia. Basta con ver uno de esos ejemplares gigantescos, para
comprender toda la fuerza de la vegetación en los campos argentinos. Es, en
efecto, un suelo de rara fertilidad y si produce pocos frutos y cosechas, se
debe a que nadie se ha ocupado de cultivarlo mejor” (…)
(Marmier, [1851] 1948).
Y por último en contraste
con el corpulento ombú, se cita el espinillo, más humilde de tamaño pero de
silueta característica para la vegetación rioplatense y con flores amarillas
muy abundantes y perfumadas, con la singularidad de aparecer antes de brotar a
fines invierno:
“El ombú es el único árbol grande que crece en la Provincia de Buenos
Aires; es tan grande como el roble, de follaje muy espeso y de color verde
obscuro, (...). El espinillo es arbusto
pequeño, rara vez tiene más de 2 o 3 yardas de alto,
su nombre le viene de las espinas que lo cubren; se le utiliza solamente para
hacer postes y tranqueras destinadas a
cercos provisorios; también como leña y a este fin se adapta muy bien porque lo
mismo arde verde o seco. Sin embargo, aun
este arbusto se ve muy poco en la Provincia de Buenos Aires”
(Beaumont, [1828] 1957).
Así como el talar en las barrancas y suelos
elevados, las descripciones también son generosas en las áreas ribereñas, como
por ejemplo hacia el sauzal, bosque frecuente, incluso en la ribera de la
actual ciudad de Buenos Aires:
“La vegetación ribereña del Riachuelo estaba compuesta del infaltable
sauce colorado (Salix humboldtiana), de altos bosquecillos de sarandí
(Cephalanthus sarandí) y blanquillo (Excoecaria marginata), acompañados de dos
leguminosas: el ceibo (Erytrhina crista galli) y el agodonillo (Aeschynomene
montevidensis), mezclados a gruesas matas de penacho blanco (Cortaderia
selloana) y Eryngium paniculatum (…)”
(Cardoso, 1911).
Y aunque abundantes en algunas zonas, los bosques no pudieron dispersarse por todo el territorio pampeano, dado que la
densidad de los suelos, la competencia intensa de las gramíneas por agua y
espacio y los déficits hídricos demasiado prolongados habrían impedido la presencia de árboles en
la región. Sin embargo, no hay controversia sobre la presencia
de árboles en la región ribereña, en barrancas, en el Delta y en montes
aislados Pampa adentro, sumando la existencia de bosques de sauce, una de las
pocas formaciones leñosas que también fue talada en las primeras décadas de la
fundación de Buenos Aires:
“(...) en este
Cabildo se trató que atento a que sea tenido en el que algunas personas cortan
renuevos de sauce de los que ay en esta costa mandaron y acordaron que ninguna
persona corte los dichos renuevos en ninguna parte pena de diez pesos (...)”
(Cabildo de Buenos Aires, 1610, citado por Athor, 2006).
Esta cita manifiesta que
ya en el siglo XVII la escasez de leñosas era crítica y la destrucción de los bosques
está también documentada por viajeros como Félix de Azara que indica que se
habían explotado “ya que palos buenos no
existen” (Azara, 1923, citado por Vervoorst, 1967).
El mismo sauce fue la
especie que le sirvió de sombra a Aráoz de La Madrid:
“Vamos, compadre, a tomar un asado a la
sombra de los sauces, y marchamos con su hijo don Juan, la señorita Manuelita
su hija, y dos locos, a uno de los cuales llamaba él el señor gobernador.
Habiendo llegado a los cauces que están
a los fondos de la quinta, y sobre la costa del río, se presentó luego
una gran alfombra para que se sentaran las señoritas, un hermoso costillar de
vaca asado en un gran asador de fierro, que se clavó entre el pasto, un cajón
de burdeos y no se qué otros platos. El señor gobernador mandó desensillar su
caballo y recostado sobre su apero empezamos el almuerzo diciendo algunas
jocosidades a los locos brindándoles con vino”.
(Araoz de La
Madrid, [1850] 1968).
Thomas Falkner
viajó por la región en 1774, describiendo “un mar de pastos”, con “islas boscosas”
excepcionales, en las cercanías del Río Salado. Estas formaciones leñosas
estaban integradas por bosquecillos de ceibos (Erythrina crista galli) y talas (Celtis ehrenbergiana) y matorrales de duraznillo (Ghersa y León,
2001). De este modo
la existencia de bosques de tala y ceibo queda descripta, especies a las que
podemos sumar otro árbol emblemático -el algarrobo-:
“Desde el Río de la Plata hasta el territorio de
Mendoza, se ven raramente los árboles en cualquier número, excepto en las
proximidades de los ríos, y aun allí casi nunca alcanzan una altura
apreciable. El algarrobo, visto ocasionalmente en las Pampas, es una especie de
acacia, que da una vaina con semillas que, se dice, que una vez peladas, son
tan buenas para hacer tinta como las agallas. Hay también otra clase común,
según creo en el Alto Perú o Bolivia, la cual da una baya que comen los nativos
y de la que se hace la chicha, una bebida embriagadora y creada por los indios.
La fermentación de este brebaje detestable se produce agregando al agua en que
se remoja, cierta cantidad de saliva. Las mujeres mastican primero la baya,
luego le vierten agua”.
(Campbell Scarlett, [1838] 1957).
El
poeta también fijó su mirada en la comunidad del algarrobo -el algarrobal- al
decir:
“Algarrobal de mi
tierra,
crespo de vainas
doradas,
a cuya plácida
sombra
pasó cantando mi
infancia “(…)
(Rojas, 1920, citado por Ghiano 1960).
Sobre
otros bosques, ya modificados en algunos casos, encontramos:
“Los
árboles más variados sombrean las orillas. Podemos admirar los ceibos
soberbios, cubiertos de racimos de un rojo de púrpura, las azaleas de todos
colores: blanco, rosa, anaranjado, amaranto; magnolias enormes; naranjos
silvestres cargados de flores y frutas; durazneros también silvestres de
frutas exquisitas, mangos, tamarindos, mimosas, aloes gigantescos, cactos
imponentes llamados órganos y otros
no menos grandes que producen el higo moro; floripondios, trepadoras cubiertas
de graciosas florecillas bermejas, niveas, violetas; pasionarias cuyo fruto
dorado pende con elegancia entre los delicados tallos”
(Beck-Bernard, [1864] 2001).
Los
ceibos formaban bosques puros, de los que han sobrevivido algunos ejemplares
como los presentes en las riberas o los ejemplares añosos de los alrededores
del Lago Victoria Ocampo, a pocos metros de los cimientos de la casona de
Rosas, que demuestran la presencia de estos bosques. Son apenas vestigios,
sobre los que ya a principios del siglo pasado se anunciaba el peligro que
corrían:
“Las
transacciones comerciales en terrenos en los alrededores de Buenos Aires, tan
activas desde algunos años acá, concluirán dentro de poco tiempo con los
escasos y reducidos sitios naturales que iban quedando. Algunos años más, y
será necesario hacer un viaje de varias leguas para poder ver un monte de
ceibos ó de curupíes”
(Doello
Jurado, 1913),
Actualmente
en la ribera y en el Delta quedan restos de estos bosques como los describe
Holmberg en su excursión por el río Luján:
“Pronto
cambian de aspecto las riberas. Altos álamos reemplazan el sauzal (…); los
ceibos extienden sus ramas en el paisaje y se reúnen a los eringios y juncos
los hermosos penachos blanquecinos de una gigantesca gramínea”
(Holmberg, [1878] 2008)
Este
aspecto puede verse al salir del puerto de Tigre y tomar algunos de los
canales. Los pajonales y el sotobosque de estos ambientes también son
registrados en este viaje, que representan así otros ambientes del paisaje
local:
(…) “el
Caraguatá Chico que corre oblicuamente hacia el Luján, en el cual desagua. Es
estrecho, apenas tiene cuatro varas de ancho en algunos puntos, mientras que
en otros, amenaza obstruirse. El junco lo invade, el camalote arraiga
protegido y los Eringios, que
extienden sus agudas hojas en abundante penacho, lastiman al pasar. En los
bordes sombríos, delicadas Begonias de
color débilmente rosado despliegan sus largos corazones irregulares,
sobresaliendo entre los helechos palmas (Pteris
sp.) y el culantrillo (Adianthum Capillus-ueneris), y formando
guirnaldas elegantes, entre los ceibos, sauces, álamos, durazneros y juncos,
se extienden los larguísimos vástagos de las Convolvuláceas entre las cuales se
distingue la dama de noche cuyo botón no despertará hasta después de puesto el
sol, cual si quisiera reemplazarle con su candida y vaporosa vestidura
nupcial. Otras enredaderas de diversas familias confunden allí sus tallos,
lujosamente desarrollados por la abundancia de agua en un rico y fértil suelo,
mientras que algunos vegetales de diferente carácter animan por la variedad el escenario
de las orillas”
(Holmberg, [1878] 2008).
Otra
rareza para la opinión general, es la presencia de selva en el Río de la Plata,
la cual se hallaba en el Delta hasta el sur de La Plata (Punta Lara), aunque
hasta hoy en día se conservan restos de especies selváticas en los alrededores
de Punta Indio. Inés Malvárez, una de las biólogas más destacadas que estudió
este ambiente se asombraba de la riqueza y explicaba:
“Es
esta coexistencia de especies junto con la yuxtaposición de diferentes comunidades
lo que constituye, a la vez un atributo exclusivo de la región y la base
principal de la diversidad y riqueza observadas”, al describir las especies de linaje subtropical, chaqueño y
paranaense en el Delta y alrededores (Malvárez, 2000).Esta selva local puede percibirse a través de las
descripciones literarias, como la que sigue de Garra:
(…) “Sobre
el filo del albardón, iban desfilando todos los hermosos ejemplares del monte
blanco, el monte primitivo de las islas. Grandes canelones de tronco grueso y
enhiesto; laureles enormes sobre cuyas ramas se agarraban los isipós y las
zarzas entretejiendo sus tallos como sogas colgando de los mástiles; curupíes
de tronco blanquecino cubierto de musgo; amarillos deshojados por el invierno
de los que pendían viejos nidos de boyero; grandes sauces colorados; mataojos
donde sujetaba su raíz la flor de patito, la orquídea de las isla; naranjos agrios con todas sus hojas
verdes; hermosas palmeras pindós que levantaban sus penachos arriba, sobre las
copas de los arrayanes; agarrapalos gigantescos abrazando el tronco de los
grandes ceibos en un hueco de los cuales nacieron para estrangularlos luego con
el brazo mortal de sus raigones; matas de caña brava lanzando sus varas
tumbadas hacia todos los rumbos; helechos y begonias que se extendían, en
parte, como una sábana verde. Por entre
los árboles, multitud de pájaros de todas clases y colores: zorzales,
carpinteros, chiriries, picapalos, boyeros, palomas monteras, cardenales. Todo
el esplendor casi tropical de la naturaleza, que el Paraná y el Uruguay han
arrastrado, río abajo, con sus aguas desde el Norte lejano, se mostraba allí
con su salvaje lujuria”.
(Garra, 1994).
El
ambiente donde se desarrolla la selva constituye una fuente muy amplia de
recursos paisajísticos, tanto la fisonomía general de la comunidad como las
especies que la habitan, de las que varias se hallan en cultivo masivo
(bignonias, orquídeas, ceibos, palmera pindó, helechos, entre otras), a las que
deben sumarse las plantas con potencialidades evidentes:
“Las islas de la desembocadura
del Paraná están pobladas de árboles peculiares, diferentes de los que se
encuentran en el curso superior. Ya he descrito las islas bajas y parte de las
que producen durazneros y naranjos; pero, independientemente de esta
vegetación extraña, las islas poseen una indígena. Sus orillas o sus partes más
bajas, más expuestas a las inundaciones, están cubiertas de sauces, que crecen
bastante derechos y cuyo follaje verde tierno, graciosamente inclinado sobre
el agua, adorna sus bordes. Por el contrario, en el interior, no hay sauces;
pero entre los durazneros y naranjos, más
numerosos, crecen dos especies de laureles, distinguidas por los nombres de Laurel-miní (pequeño laurel), cuya
corteza se aprovecha en el país para curtir los cueros, y laurel blanco. Se encuentra también
el ceibo, árbol muy espinoso, de mediana altura, que se cubre de hermosas
flores púrpura y sería ornamento de nuestros bosquecillos más bellos. Su madera
es blanda y sólo sirve para hacer mangos y otros utensilios semejantes. Los
nativos pretenden que su tronco es arañado con frecuencia por las garras de los
jaguares, que lo buscan, en razón de su escasa dureza, para afilar sus armas;
hecho que nunca pude verificar. Estos árboles se elevan y presentan en masa el
aspecto de nuestras espesuras. A veces forman marañas tan tupidas que no se
las puede trasponer sino hacha en mano”
(D´Orbigny, [1847] 1998).
La
selva y otras formaciones de ribera se han descripto a principios del siglo XX,
cuando presentaban estados más cercanos al originario y publicado por botánicos
como Hauman (1919, 1922, 1925); Cabrera (1939, 1949); Cabrera y Dawson (1944) y Burkart (1957), entre otros.
Dado
que estos ambientes de selva se hallan vinculados a la dinámica de inundaciones,
los arroyos suelen ser escenarios propicios, como nos cuenta también Holmberg:
“A
medida que avanzamos, el arroyo toma en sus riberas un aspecto más bello, y en
algunos puntos, lo diré sin exagerar, espléndido. Glorietas naturales formadas
por los ceibos, sauces, y otros árboles indígenas, se consolidan con las lianas
estrechamente abrazadas a las ramas, mientras que en los troncos serpentean los
largos vástagos de los helechos epifitos con hojas oval-oblongas y cactáceas,
igualmente epifitas.
Mi sorpresa no
estalla porque los he observado en un paseo anterior, pero confieso que aquel
epitifismo se revela en las mismas condiciones, aunque no en tan grande escala,
que un año antes había observado en los bosques del norte de Tucumán”
(Holmberg, [1878] 2008).
La
selva formada por varias especies de árboles, entre los que se destaca el sauce
–que también forma bosques puros como los citados- se diferencia de las
formaciones boscosas por la presencia de la palmera pindó:
“Pronto
pasamos ante los bosques de sauces que adornan la ribera hasta la proximidad de
San Isidro, al oeste de Buenos Aires, donde se observan los campos más lindos
de los alrededores; pero no pudimos gozar de su visión porque el gran número de
islas de la desembocadura del Paraná los ocultaban a nuestras miradas. A eso
de las tres llegamos a uno de los numerosos brazos del Paraná, denominado Paraná de las Palmas, nombre tomado
de algunas de esas hermosas plantas que ornan el interior de esa zona”
(D´Orbigny, [1847] 1998).
El
paisaje de pastizales, bosques y selvas se completa con las descripciones de
ambientes de bordes de lagunas, ríos y arroyos, que constituyen peculiaridades
de la geografía bonaerense. Las comunidades ribereñas son testigo de los
cambios en la formación de islas y cambios en los bordes, como nos cuenta
Sarmiento:
"Las islas
vienen invadiendo a pasos rápidos o más bien marchan hacia el mar, y el
instrumento y la operación de hacer islas está a la vista de todos. Cuando el
banco arenoso empieza a acercarse a la superficie, nace el junco, que eleva sus
hilos de manera de formar una apariencia de tierra que aún no existe. (…). Las
cardas, espadañas y otras plantas acuáticas nacen sobre este lecho que el junco
les ha preparado, y ya puede decirse que la tierra comienza a emanciparse del
dominio de las aguas y a respirar el aire vital. Muy pocos años se necesitan
para que la nueva creación se engalane con el ceibo de flores de color
aterciopelado y que sólo vive en el límite fangoso de las tierras sumergibles.
Entonces la tierra está hecha, feraz cubierta de plantas acuáticas que crecen
sobre un terreno tibio, húmeda, de color amarillo, como el río su padre, cual
si el agua se hubiese consolidado y recargado de estos vegetales (…). El junco
es el primer día de la creación de las islas; las cardas y el ceibo hacen la
mañana y la tarde del día segundo. (…)"
(Domingo Faustino Sarmiento, El Carapachay
-1855-,
Citado por Cinti,
2001).
Esta
dinámica no es nueva, pero la antropización creciente implica impactos diversos:
“Hay
lamentos conmovedores entre los pobladores de las islas porque se carcomen
progresivamente las orillas de los canales y brazos del río Paraná. El daño afecta en especial las
plantaciones de árboles que arrancan de la misma orilla de los cursos de agua.
Es voz corriente que es el río nefasto quien daña con su erosión, los frutos de
la labor y del sudor de los abnegados pobladores”
(Groeber, 1961).
Aunque
esta erosión en parte se debe a las modificaciones en juncales y otras comunidades
de ribera, junto con las actividades de transporte fluvial y náuticas. Este
juncal además de proteger la ribera, inspiró al literato a partir de rasgos que
muestran el valor poético de este paisaje sublime, donde habitarlo fue un
desafío para el ser humano:
“El Río de la Plata moría sobre los juncos, a
los que imprimía un soñoliento vaivén en
la tarde de marzo. Detrás, la barranca ascendía con ceibos y chañares. En la
cumbre escasa se erguía un tala, entre cuyo ramaje los zorzales se hostigaban con
gritos destemplados”
(Mujica Lainez [1949] 2008).
“Allá en la punta de un pajonal, medio
oculto entre la maleza, alza su lomo ondulante un rancho miserable que parece
bambolearse sobre las paredes de paja parada que sustentan su techo del mismo
vegetal: es una sola pieza que sirve de dormitorio y de cocina”
(Álvarez, [1897] 1974).
En estos parajes es donde el tiempo pasa de modo singular:
-(…)
¿Cómo se llaman?...¿vea peligra la verdá, pero no les he preguntao!... Uno de
ellos dice que se llama Pancho, pero aquí lo conocemos por “Cangrejo”; a otro
le llamamos “Ñanducito”; a otro “El federal”
- ¿Y qué edad
tienen?... ¿son viejos o jóvenes?
- Así no más
son, señor… ¡Sin edá!... ¿Qué edá va a tener uno entre estos pajares, señor?(…)
El diálogo en el Viaje al país de los
matreros de Fray Mocho (J. Álvarez) nos aproxima a sus habitantes y a la
relación con el paisaje de otros tiempos, como ocurre con la descripción de la
vivienda y su entorno, condicionados por el espacio y sus ríos percibidos desde
épocas precolombinas:
“El río Paraná, el
Nilo del Nuevo Mundo, llamado por algunos el Misisipí de la América del Sud, ha
recibido como éste, de los aborígenes, un nombre que expresa su amplitud y
magnificencia. Paraná en la lengua guaraní, significa padre de la mar, y Misisipí, en la de los Natchez, padre de las aguas. No parece sino que esos
dos pueblos indígenas, de los opuestos continentes, hubieran sentido la misma
impresión de asombro, al contemplar por primera vez sus grandiosos ríos, para
significarla con palabras que en su respectivo idioma exprimen el mismo
pensamiento”
(Sastre,
[1859] 1979).
También las lagunas
con su vegetación palustre maravillaron a los escritores como Hudson, por su
imponente variedad de plantas y animales:
“En
primavera y verano visitábamos con frecuencia las lagunas o terrenos anegados,
los lugares más fascinantes para mí por su abundancia de aves. De estas lagunas
había cuatro, todas en diferentes direcciones y dentro de las dos o tres millas
de la casa. Eran lagunitas poco profundas, cada una de trescientos o
cuatrocientos acres de extensión, con aguas despejadas en parte y el resto
invadido por densos pajonales de un verde vivo e inmensos macizos de juncos”
(Hudson, [1918] 1999).
Y
las comunidades se describen tal como las especies en el cancionero folclórico
de la mano de artistas como Tarragó Ros:
“El totoral me
susurra
las viejas
historias
que supo contar
el vasco Barnidio
Sorribes
en noches de
lluvia
allá en Curuzú”.
“Hay un presagio
pombero
que habita el estero,
piel de yarará.
Sarandizal, tero
tero,
lobo lagunero,
kiyá y yacaré.
El cuerpo yo voy
mariscando.
canoa y remo,
yo voy mariscando”
(A. Tarragó Ros -Yo voy mariscando-)
Hudson
también enfocó las comunidades palustres y supo con su arte dejarnos un legado sobre
el aspecto del entorno natural:
“Los nidos
estaban en un sector bajo y anegadizo cubierto por una planta semiacuática
llamada duraznillo. Tiene un tallo blanco único, de aspecto leñoso, de dos o
tres pies de altura y del diámetro del dedo medio de un hombre, con una corona
parecida a la de las palmas, de grandes hojas sueltas y lanceoladas, de modo
que semeja una palmera en miniatura o más bien un Ailanthus, que tiene un tronco delgado completamente blanco. Las
flores de esta solanácea son de color violeta y produce frutos del tamaño de
cerezas, negros como el azabache, en grupos de tres, cinco o seis”
(Hudson, [1918] 1999).
La ribera y el
estuario fueron escenario de contratiempos para los viajeros, los que a la par
de sus quejas dejaron descripciones de la geografía:
“Hemos navegado por este
magnífico río, y ha sido la nuestra una triste navegación. Por todos lados no
vemos más que agua, como en plena mar, pero un agua amarillenta y cenagosa, de
fondo variable y curso interrumpido por bancos de arena que obligan al piloto a
valerse de la sonda continuamente. Pueden experimentarse en este río todas las
vicisitudes de un viaje por mar: la calma y los ventarrones (pamperos), mucho
más peligrosos que en el Atlántico. Sólo median cuarenta leguas entre
Montevideo y Buenos Aires y en ese corto trayecto hemos debido anclar cuatro
veces, soportar todas las molestias del cabeceo y el balanceo del barco,
empleando cinco días en una travesía que debiera cumplirse al parecer en pocas
horas. En esto está la superioridad de Montevideo sobre Buenos Aires, por lo
que hace a su situación. Esa superioridad, Rosas pretende negarla, pero tarde o
temprano ha de corresponder a Montevideo, según las leyes de la naturaleza
(...). Por fin, ya estamos en la rada, a una legua y media de la
ciudad. Más cerca, no hay calado suficiente ni siquiera para buques de escaso
tonelaje. Éste es otro inconveniente del comercio de Buenos Aires, que se
agrega a los que observan los viajeros remontando el río desde Montevideo”
(Marmier [1851] 1948).
Y el
mismo naturalista que describiera los bosques y selvas, aportó datos sobre las
riberas:
“A
pocas varas de la orilla se extiende la paja brava, y en verdad que nuestras
manos quedan laceradas por su agudo filo al ir a recoger la pieza que el arma
ha derribado o la mariposa que aparentemente busca refugio en aquel mar de
acerados cuchillos. Sólo un vehemente deseo de hacer una adquisición
apreciable, o un entusiasmo exagerado, o la ignorancia, pueden incitarnos a
penetrar en aquel abismo, en que no sólo se sufre el dolor de las heridas,
sino también una violenta opresión al respirar, pues parece totalmente como si
el oleaje nos asfixiara con su enorme peso” (…)
(Holmberg, [1878] 2008).
Con esta reseña de
las descripciones de viajeros y escritores locales y extranjeros se intentó mostrar
un cuadro general del aspecto del paisaje originario, que ha llegado hasta
nosotros sólo en porciones aisladas, en una ciudad que es reflejada en los
escritos de viajeros como sigue:
“(…) Buenos
Aires es la única que se diferencia un poco, pues aunque contenga muchos
huertos con árboles, que de lejos no permiten distinguir mucho las casas y
aunque queden éstas en los extremos, dispersas acá y allá sin orden, sin
embargo, en el centro de la ciudad están unidas, formando calles derechas y
ordenadas. Las casas son bajas, de un solo piso, la mayor parte fabricadas de
tierra cruda: consisten por lo general en cuatro paredes de forma rectangular
sin ventana alguna, o a lo sumo, con una, recibiendo la luz por la puerta.
Pocos años atrás eran todas de tierra
como dije, y la mayor parte cubiertas de paja”
(Cattaneo y Gervasoni, [1749] 1941)
Y en la literatura, como ocurre con Leopoldo
Marechal, quien nos deja una pincelada gris sobre el verde anterior:
“Desde
Avellaneda la fabril hasta Belgrano ceñíase a la metrópoli un cinturón de
chimeneas humeantes que garabateaban en el cielo varonil del suburbio
corajudas sentencias de Rivadavia o de Sarmiento”
(Marechal, 1966),
Por último es
importante mencionar que la conservación de las ambientes silvestres es una
actividad que debe proponer alternativas
frente a la idea de la naturaleza como amenaza, vista en las descripciones
anteriores y aún vigentes. Entre otros factores, deben mencionarse los peligros
antiguos (González Bernáldez, 1985) ya no vigentes que heredamos a partir de
épocas cuando una tormenta, un gran carnívoro o el relieve en el territorio nos
resultaban hostiles y por lo tanto debíamos dominar la naturaleza. Estas
observaciones nos indican que las descripciones tuvieron sesgos generados por
miedos o prejuicios que hoy podríamos desterrar para restaurar estos paisajes.
Esta es una misión para las generaciones del presente y futuras como desafío de
gran escala para la que la reflexión que integre aspectos culturales diversos
es imprescindible.
Vegetación actual en el área
Actualmente, el
paisaje descripto se encuentra modificado en su mayor extensión, ya sea debido
a la desaparición de la vegetación, a los cambios del relieve mediante rellenos
o decapitación de capas arables, a la fragmentación de los sectores remanentes
al interrumpirse los corredores o a la transformación de los cursos de agua
(rectificaciones, entubados, cambios de bordes). Vale decir, que los cambios también
alcanzan los casos de áreas protegidas, debido a las invasiones biológicas que
transformaron el aspecto de las formaciones naturales con árboles que cambian
el perfil de pastizales y matorrales o son de mayor altura que los bosques
nativos, con plantas que fructifican en épocas diferentes aportando colores
nuevos o simplemente –y más frecuente- con el desplazamiento de las especies
nativas debido al avance de las adventicias.
El paisaje ha
sufrido cambios más profundos que los propios de la vegetación a partir de las
modificaciones humanas que han introducido neogeoformas, neosuelos, neoredes de
escurrimiento y neoecosistemas numerosos (Morello y Matteucci, 2001).
Las áreas naturales
remanentes que presentan mayor valor por los elementos y procesos que conservan
son la del norte del área de trabajo de esta publicación (Reserva Otamendi,
campos de Escobar y el Delta en general); algunas reservas y áreas vacantes sin
uso definido en el sur de la ribera metropolitana (desde La Plata y sobretodo
hacia el sur en el Parque Costero del Sur) y hacia el oeste algunas reservas
(la Reserva Municipal Los Robles en Moreno o La Reserva Municipal del Pilar) y
más comúnmente y de superficies mayores, encontramos áreas rurales modificadas
pero que funcionan como hábitat para los organismos silvestres (Moreno, Pilar,
Escobar). Como sitios educativos son muchos los muestrarios pequeños en la
propia ciudad de Buenos Aires (Reserva Ecológica Costanera Sur y Reserva Ciudad
Universitaria) o en los distritos de los alrededores (Reserva Municipal Vicente
López en ese partido o Refugio Ribera Norte en San Isidro).
Paralelamente varios
municipios tienen tierras potenciales para reserva y áreas prioritarias para
conservar que deberían formalizar a fin de sumarse a la red incipiente que
permita flujos de genes entre las poblaciones aisladas.
Las invasiones
biológicas son procesos en los que todos somos protagonistas, ya que el cultivo
de plantas ornamentales o el transporte de semillas o gajos de viajes significa
la introducción de problemas potenciales como los que se observan actualmente.
Son muchas las plantas arbóreas utilizadas sólo como decoración por el porte
(por ejemplo acacia negra, álamos, fresnos y sauces introducidos) y muy
abundantes los ejemplos de plantas arbustivas que se plantan para cercos (como
en los casos de cotoneaster, crataegus, ligustrina y ligustro), las que pueden
reemplazarse por especies nativas o introducidas que no se comporten como
adventicias en América Latina. Si bien la mejor forma de aportar a la
conservación del paisaje local es conservando remanentes, restaurando áreas
modificadas y reintroduciendo especies autóctonas donde desaparecieron, el
hábito de evitar plantas invasoras y controlarlas, mantiene los ambientes
remanentes en estados más saludables y sustentables. Como ejemplos se enumeran
las plantas más frecuentes y a continuación otras menos abundantes pero que han
comenzado a invadir en las últimas décadas:
Especies muy
frecuentes y agresivas
Nombre científico
(orden alfabético)
|
Nombre vernáculo
|
Familia
|
|
Acer negundo
|
arce
|
Aceraceae
|
América del Norte
|
Arundo
donax
|
caña de
castilla
|
Gramineae
|
Europa
|
Broussonetia
papyrifera
|
morera de
papel
|
Moraceae
|
China y
Japón
|
Fraxinus excelsior
|
fresno europeo
|
Oleaceae
|
Europa
|
Fraxinus pennsylvanica
|
fresno americano
|
Oleacea
|
América del Norte
|
Gleditsia triacanthos
|
acacia negra
|
Leguminosae
|
América del Norte
|
Hedera helix
|
hiedra
|
Araliaceae
|
Europa
|
Iris pseudacorus
|
lirio
español
|
Iridaceae
|
Europa
|
Laurus nobilis
|
laurel europeo
|
Lauraceae
|
Mediterráneo
|
Ligustrum
lucidum
|
ligustro
|
Oleaceae
|
China
|
Ligustrum
sinense
|
ligustrina
|
Oleaceae
|
China
|
Lonicera
japonica
|
madreselva
|
Caprifoliaceae
|
Asia
|
Maclura
pomifera
|
maclura
|
Moraceae
|
América del Norte
|
Melia
azedarach
|
paraíso
|
Meliaceae
|
Asia
|
Morus alba
|
morera blanca
|
Moraceae
|
China
|
Phoenix
canariensis
|
fénix
|
Palmae
|
Islas
Canarias
|
Pyracantha crenulata
|
Rosaceae
|
Europa y Asia
|
|
Robinia pseudo-acacia
|
acacia blanca
|
Leguminosae
|
América del Norte
|
Rubus
ulmifolius
|
zarzamora
|
Rosaceae
|
Europa
|
Salix alba
|
sauce blanco
|
Salicaceae
|
Europa, Asia y N. De Africa
|
Ulmus
pumila
|
olmo
|
Ulmaceae
|
Asia
|
Especies que aparecen
ocasionalmente o menos agresivas:
Nombre científico
(orden alfabético)
|
Nombre vernáculo
|
Familia
|
|
Acacia melanoxilon
|
acacia negra
|
Leguminosae
|
Australia
|
Arum
italicum
|
Araceae
|
C. del
Mediterráneo
|
|
Berberis pruinosa
|
Berberidaceae
|
China
|
|
Canna
coccinea
|
achira
|
Cannaceae
|
América
tropical
|
Casuarina
cunninghamiana
|
casuarina
|
Casuarinaceae
|
Australia
|
Celtis australis
|
almez
|
Ulmaceae
|
Europa, N. De África y Asia.
|
Chrysanthemum
leucanthemum
|
margarita
|
Compositae
|
Europa
|
Cinnamomum
granduliferum
|
alcanforero
|
Lauraceae
|
Himalaya
|
Cotoneaster franchetti
|
Rosaceae
|
Asia
|
|
Cotoneaster
glaucophylla
|
Rosaceae
|
China
|
|
Elaeagnus
pungens
|
olivo de
Bohemia
|
Elaeagnaceae
|
Japón
|
Eucalyptus camaldulensis
|
Myrtaceae
|
Australia
|
|
Pinus
elliottii
|
pino
|
Pinaceae
|
América del Norte
|
Pittosporum
tobira
|
Azarero
|
Pittosporaceae
|
Asia
|
Populus alba
|
álamo
|
Salicaceae
|
Asia
|
Quercus palustris
|
roble de los pantanos
|
Fagaceae
|
América del Norte
|
Quercus robur
|
roble europeo
|
Fagaceae
|
Europa
|
Robinia pseudo-acacia
|
acacia blanca
|
Leguminosae
|
América del Norte
|
Anexo I: ESPECIES ÚTILES DESTACADAS
algarrobo blanco (Prosopis alba)
Leguminosas
Forma de vida: árbol muy longevo de gran porte.
Usos: ornamental, para sombra en viviendas
rurales, para leña, forrajero, comestible (Con la chaucha denominada algarroba
se elaboran bebidas –arrope, aloja- y alimentos –patay-). Madera pesada, útil y
corteza con propiedades curtiembres y tintóreas (Dimitri et al., 2000). Medicinal (laxante, astringente, diurético, entre
otras aplicaciones) (Alonso y Desmarchelier, 2005). Muy importante para la
cultura regional, presente en el cancionero folclórico, mitos, leyendas y
costumbres populares de varias provincias argentinas.
anacahuita,
arrayán de las islas (Blepharocalyx salicifolius)
Mirtáceas
Forma
de vida: árbol perennifolio de hasta 6-8 metros de altura
Usos:
ornamental y medicinal -para vías respiratorias- (Ratera y Ratera, 1980). Se
utilizan 20 gramos
de follaje por litro de agua en cocimiento que se bebe 4 tazas por día (Lahitte y
Hurrel, 1994). Los frutos se usan en bebidas alcohólicas para preparar
aperitivos que también son tónicos (Alonso y Desmarchelier, 2005). Para carbón (Lahitte y
Hurrel, 1998).
azota caballos, caá obetí, Francisco Álvarez
(Luehea divaricata) Tiliáceas
Forma
de vida: árbol de follaje tardíamente caduco, de hasta 12-15 metros de altura.
Usos:
ornamental. Madera valiosa para
carpintería, aunque no se recomienda para intemperie (Dimitri et al., 2000). Medicinal: sedante, tónica,
antidiarreica y digestiva (Alonso y Desmarchelier, 2005). También hepática (Lahitte y Hurrel, 1998).
Ceibo, seibo, zuinandí
(Erythrina crista galli) Leguminosas
Forma
de vida: árbol caducifolio con aguijones, de hasta 8-10 metros de altura.
Usos:
ornamental. Madera útil (Dimitri et al.,
2000). Tintórea –flores-(Marzocca, 2009). Medicinal: antitusígena, anticaspa y
cicatrizante, entre otros usos (Alonso y Desmarchelier, 2005).
chal-chal, kokú (Allophyllus edulis) Sapindáceas
Descripción:
árbol perennifolio de 5-6
metros de altura.
Usos:
ornamental. Medicinal (Toursarkissian, 1980), se usa para tratamientos de
problemas hepáticos y biliares (Sawchuk
Kovalchuk, 2006). Las hojas se agregan al tereré en el litoral y se
usan para hacer aloja de chal chal (Lahitte y Hurrel, 1997).
coronillo (Scutia buxifolia) Ramnáceas
Forma
de vida: árbol o arbusto de porte corpulento.
Usos:
ornamental: ideal para cercos. Tintórea –madera y frutos- (Marzocca, 2009).
Madera dura, útil para postes y para leña (Lahitte y Hurrell, 1997).
espinillo,
aromito, aromo, churqui (Acacia caven) Leguminosas
Forma
de vida: árbol caducifolio, espinoso, proterante
Usos:
ornamental, medicinal y forestal. Para leña y carbón. Perfumífera. Tintórea
–se utilizan los frutos- (Marzocca, 2009).
junco (Schoenoplectus californicus -Scirpus californicus-)
Cyperáceas
Forma
de vida: planta herbácea rizomatosa palustre.
Usos:
ornamental. Para fabricación de esterillas, cortinas, asientos, entre otros.
Medicinal (Xifreda, 1992)
laurel criollo (Ocotea acutifolia) Lauráceas
Forma
de vida: árbol de gran porte y copa globosa.
Usos:
madera útil. Melífera. Ornamental. Posee aceite esencial, saponinas y resinas
aromáticas (Lahitte y Hurrell, 1997).
lecherón, curupí (Sapium
haematospermum) Euforbiáceas
Forma
de vida: árbol, de porte mediano y copa globosa. Usos: ornamental.
El látex que posee es utilizado como adhesivo. Medicinal –antiodontálgico- (Toursarkissian, 1980). Madera
útil. Durante la segunda guerra se ensayó el aprovechamiento industrial del
caucho del látex, pero resulto costoso y dificultoso, aunque se fabricó una
cubierta para automóviles en forma piloto (Lahitte y Hurrell, 1997). Para esculturas
y fabricación de instrumentos musicales –violines- (Dimitri, 1980). En Brasil
se usan las semillas para elaborar un veneno contra ratas (Biloni, 1990).
mburucuyá, pasionaria (Passiflora
caerulea) Pasifloráceas
Forma
de vida: planta trepadora por medio de zarcillos y tallos volubles.
Usos:
ornamental. Frutos comestibles. Medicinal (sedante). También para tos (hojas) y
para golpes y contusiones, entre oras aplicaciones (Toursarkissian,
1980). También se usa el follaje para hongos de la piel (Kossmann y Vicente,
2005).
ñapinday, uña de gato (Acacia bonariensis) Leguminosas
Forma de vida: arbusto caducifolio trepador por
medio de aguijones.
Usos: ornamental, plantada para cercos vivos.
Medicinal: cicatrizante (Xifreda, 1992).
ombú (Phytolacca dioica) Fitolacáceas
Forma
de vida: árbol de gran porte, de follaje caduco.
Usos:
ornamental. Medicina popular: se usa como drástico, cicatrizante y coagulante.
Se utiliza para la fabricación casera de jabón (Xifreda, 1992).
palo amarillo (Terminalia
australis) Combretáceas
Forma
de vida: árbol de 6-10
metros de altura.
Usos:
ornamental y forestal (Xifreda, 1992). Su madera es útil para pequeños objetos,
de color amarillo y textura fina, moderadamente pesada (Dimitri et al., 2000). Medicinal:
astringente, digestivo y descongestivo hepático (Alonso y Desmarchelier, 2005).
Madera para carbón. Corteza con taninos (Lahitte, et al., 1999).
pindó (Syagrus romanzoffiana -Arecastrum
romanzoffianum) Palmeras –Arecáceas-
Forma
de vida: palmera de hasta 10- 20
metros de altura.
Usos:
ornamental y frutos comestibles. Medicinal –raíces utilizadas como
anticonceptivo- (Toursarkissian, 1980). Los estípites para
construcciones rurales, los cogollos comestibles (se usan como palmito) y las
hojas para tejidos (Sawchuk Kovalchuk,
2006).
tala,
tala blanco (Celtis ehrenbergiana -C. tala-)
Celtidáceas (Ulmáceas)
Forma
de vida: árbol caducifolio espinoso de hasta 6-8 metros de altura.
Usos:
ornamental y medicinal. Leña combustible. Madera dura y pesada, útil para
cabos de herramientas (Dimitri et al., 2000). Tintórea
–raíz- (Marzocca, 2009).
timbó,
pacará, oreja de negro (Enterolobium
contortisiliquum) Leguminosas
Forma
de vida: árbol de follaje caduco de caída tardía.
Usos:
ornamental. Madera útil, liviana (Dimitri et al.,
2000). También
para cajonería y colmenas. Frutos y follaje usado como forraje (Sawchuk Kovalchuk, 2006). Empleada en medicina popular para la
caspa. Contiene saponinas y sirve para lavar. También posee taninos por lo que
se podría aplicar para curtir (Xifreda,
1992).
Anexo II: ÁRBOLES
RIOPLATENSES
Nº
|
ESPECIE
|
FAMILIA
|
NOMBRE VULGAR
|
|
1.
|
Acacia caven
|
Leguminosas
|
aromo;
espinillo
|
|
2.
|
Allophyllus edulis
|
Sapindáceas
|
chalchal
|
|
3.
|
Blepharocalyx salicifolius
|
Mirtáceas
|
anacahuita
|
|
4.
|
Celtis ehrenbergiana (C. tala)
|
Ulmáceas
|
tala
|
|
5.
|
Citharexylum montevidense
|
Verbenáceas
|
espina de bañado; tarumá
|
|
6.
|
Enterolobium contortisiliquum
|
Leguminosas
|
timbó; pacará, oreja de negro
|
|
7.
|
Erythrina crista-galli
|
Leguminosas
|
ceibo: seibo
|
|
8.
|
Eugenia uruguayensis
|
Mirtáceas
|
guayabo blanco
|
|
9.
|
Ficus luschnathiana
|
Moráceas
|
ibapohé; higuerón
|
|
10.
|
Geoffroea decorticans
|
Leguminosas
|
chañar
|
|
11.
|
Guettarda urugüensis
|
Rubiáceas
|
palo cruz; jazmín del Uruguay
|
|
12.
|
Inga uraguensis (I. verna subsp. affinis)
|
Leguminosas
|
ingá
|
|
13.
|
Jodina rhombifolia
|
Santaláceas
|
sombra de toro
|
|
14.
|
Lonchocarpus nitidus
|
Leguminosas
|
lapachillo
|
|
15.
|
Luehea divaricata
|
Tiliáceas
|
azota caballo
|
|
16.
|
Maytenus ilicifolia
|
Celastráceas
|
congorosa; sombra de toro
|
|
17.
|
Maytenus vitis – idaea
|
Celastráceas
|
-
|
|
18.
|
Mimosa pilulyfera
|
Leguminosas
|
Mimosa; rama negra
|
|
19.
|
Myrsine laetevirens
|
Mirsináceas
|
canelón
|
|
20.
|
Myrsine parvula
|
Mirsináceas
|
canelón
|
|
21.
|
Nectandra angustifolia
|
Lauráceas
|
||
22.
|
Ocotea acutifolia
|
Lauráceas
|
laurel criollo
|
|
23.
|
Parkinsonia aculeata
|
Leguminosas
|
cina cina
|
|
24.
|
Phytolacca dioica
|
Fitolacáceas
|
ombú
|
|
25.
|
Poecilanthe parvifolia
|
Leguminosas
|
lapachillo
|
|
26.
|
Pouteria salicifolia
|
Sapotáceas
|
mata ojo
|
|
27.
|
Prosopis alba
|
Leguminosas
|
algarrobo blanco
|
|
28.
|
Salix humboldtiana
|
Salicáceas
|
sauce criollo
|
|
29.
|
Sapium haematospermum
|
Euforbiáceas
|
curupí; lecherón
|
|
30.
|
Schaefferia argentinensis
|
Celastráceas
|
||
31.
|
Schinus engleri
|
Anacardiáceas
|
-
|
|
32.
|
Schinus longifolius
|
Anacardiáceas
|
molle
|
|
33.
|
Scutia buxifolia
|
Ramnáceas
|
coronillo
|
|
34.
|
Sebastiania brasiliensis
|
Euforbiáceas
|
lecherón, blanquillo
|
|
35.
|
Sebastiania commersoniana
|
Euforbiáceas
|
blanquillo
|
|
36.
|
Senna corymbosa
|
Leguminosas
|
sen del campo
|
|
37.
|
Symplocos uniflora
|
Simplocáceas
|
Azahar o
jazmín del monte
|
|
38.
|
Solanum granuloso-leprosum
|
Solanáceas
|
fumo bravo
|
|
39.
|
Syagrus romanzoffiana
|
Palmeras
|
pindó
|
|
40.
|
Terminalia australis
|
Combretáceas
|
palo amarillo
|
|
41.
|
Tessaria integrifolia
|
Compuestas
|
aliso de río
|
|
42.
|
Zanthoxylum rhoifolium (Fagara
rhoifolia)
|
Rutáceas
|
tembetarí
|
|
43.
|
Zanthoxylum fagara (Fagara hyemalis)
|
Rutáceas
|
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Mayo de 2011.
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Información sobre la carrera
http://www.umsa.edu.ar/artes/paisaje-presentacion/
Contacto con el docente de la asignatura: gabrielburgue@yahoo.com.ar
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